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viernes, 13 de julio de 2012

La formación par el celibato hoy en la Iglesia...

Padre Amadeo Cencini

BOLETIN OSAR Ano 11. N°  23

Soy consciente de que hoy una formación al celibato, a la virginidad, es compleja, difícil, nunca completa, y abierta también a muchas desilusiones. Cuántas veces seminaristas bien formados en la formación inicial han tenido crisis y dificultades graves después.  

He pensado para este encuentro una articulación posible de temas. Espero que sea posible delinear una formación al celibato como propuesta de una integración de todas las energías que el hombre posee -afectivas, sexuales-, y como una posibilidad positiva de vivir todas estas energías. No el celibato como una mortificación, una renuncia; tampoco como una ley eclesiástica, como una disciplina; sino como una manera de vivir positiva y propositivamente toda esta riqueza que Dios nos ha dado que es la sexualidad.  

Vamos a ver como primer punto cómo es la situación frente a la formación del celibato, la situación desde el punto de vista del formador. Cuando digo situación pienso en la del formador italiano que conozco, pero creo que hay elementos característicos que probablemente sean similares entre las diversas situaciones eclesiásticas, históricas y geográficas.  

Intentemos leer la situación de la formación para el celibato hoy en nuestra Iglesia Argentina desde el punto de vista formativo, una propuesta que ustedes seguramente podrán completar. Parece que hay un cierto malestar, fruto de varias causas: 


1. Lectura débil o interpretación parcial del celibato eclesiástico  

Lectura débil en el sentido espiritual, es decir, no apasionada, no convencida suficientemente de la positividad de esta realidad en la Iglesia. Una lectura dudosa, fría, propuesta por un formador que es un célibe fiel, en el sentido de que es observante -también porque es formador-, pero es como un célibe técnico, un célibe virtual, novirtuoso, que observa el celibato pero no parece muy convencido, feliz, de esta opción de vida.  

Interpretación parcial, significaría una interpretación canónica o disciplinar, una disciplina latina, romana, destinada a desaparecer antes o después. Hay algunos que dicen que mientras esté este Papa polaco, esta ley permanecerá, pero cuando venga otro Papa, esta ley desaparecerá. Yo no soy profeta ni nadie es profeta, pero esto no es correcto. Porque nosotros en este momento de la Iglesia tenemos que proponer una formación según el tipo de presbítero que la Iglesia nos propone.  

Todo esto es negativo, no desde el punto de vista moral, o respecto del respeto a las autoridades eclesiásticas. Es negativo desde el punto de vista de la eficacia formativa, porque un formador que piensa así no tendrá posibilidad de ayudar al joven a percibir la belleza, la realidad positiva que hay en esta opción.  

Sabemos que el celibato es una ley eclesiástica, pero esto no significa que esta opción no ofrezca al joven la posibilidad de hacer de sí mismo, de sus energías, una ofrenda positiva y vivida con convicción.  

Es muy importante verificar entre nosotros, en nuestra manera de proponer el celibato -o de entender el celibato mismo -este tipo de lectura débil, no apasionada, o este tipo de interpretación parcial, visto como ley, como disciplina, o como algo destinado a desaparecer.


2. Una cierta presión cultural-social de una cierta antropología que considera cada vez más extraña e innatural esta opción de vida.

Siempre el celibato ha sido visto como una realidad extraña a la naturaleza humana en sus posibilidades de vida. No sé si ahora, en este tipo de cultura en que vivimos, este contraste sea más fuerte, incisivo y con tanta potencia destructora en la manera de entender el celibato sacerdotal.  

También esto es un elemento negativo en la manera de proponer el celibato. La cultura es algo que penetra sutilmente en la mente, en el corazón, en las estructuras formativas. No hay posibilidad de impedir que penetre en nuestros ambientes formativos. 
El formador debe ser consciente de este influjo antropológico-cultural. No podemos impedir que penetre, pero podemos controlarlo y prevenirlo. Por lo menos el formador debe saber que el joven es objeto de este tipo de condicionamiento cultural y antropológico.



3. Los consabidos escándalos sexuales… resonantes, o las crisis afectivas de sacerdotes jóvenes y no tan jóvenes.



Los consabidos escándalos sexuales que pertenecen a una particular región de la Iglesia, pero son motivo de preocupación para toda ella. Pensar que el 4% de los presbíteros norteamericanos ha practicado algún tipo de violencia sexual a alrededor de diez mil muchachos es impresionante. Al igual que los puntos anteriores éstos escándalos son muy negativos en la formación sacerdotal. 


4. Un cierto estilo educativo-formativo en el cual el área afectivo-sexual es prácticamente marginal…



En nuestra época da la impresión que podemos hablar de la sexualidad sin que sea un tabú, pero esto no significa que nosotros damos una formación para el celibato. Puede ser que hablamos de la realidad, pero no sé si se da en nuestros seminarios una formación sistemática, precisa respecto al área afectivo-sexual. En muchos casos esto es algo que se trata antes de la ordenación diaconal, pero no creo que sea posible decir que en nuestras estructuras formativas hay una educación para el celibato. No sé si hay una atención estricta y precisa a la sexualidad. Es un área marginal, es decir, de presbíteros y seminaristas que tengan un problema en este aspecto y lo digan explícitamente, dando por descontado que cualquier joven llamado a esta vocación tenga algún problema en esta realidad.

 No es normal no tener en este aspecto ninguna dificultad. Un joven que diga: "yo no tengo problemas en el área afectivo sexual", es un problema. Es imposible hacer una opción por la virginidad hoy sin percibir un cierto tipo de dificultad, de resistencia, de incertidumbre, de inmadurez. Si el joven encuentra un formador que no da una particular atención a esta área, el joven no es espontáneamente llevado a abrirse. Si el formador no tiene esta convicción, ésta área queda marginada.  

Cuántas crisis sucesivas en el área afectivo-sexual son consecuencia de una formación incompleta, de una formación ausente en esta área, tanto al inicio, como también después en la formación permanente.


5. … o la atención está puesta solamente en los aspectos del comportamiento…



No es difícil que el joven tenga problemas exteriores, comportamentales; pero sería absolutamente ingenuo un formador que pone su atención sólo en los aspectos del comportamiento.

No olvidemos que hay cinco elementos que tener en cuenta (ver esquema 1): los comportamientos, después tenemos las actitudes, luego los sentimientos, las motivaciones, y por último la inconsistencia central, que es el problema central, neurálgico, que en cada joven debe ser descubierto.

No hay formación en el joven, y con el joven, si no ha sido descubierta la inconsistencia central. Cada joven tiene la suya, cada formador tiene la suya. El auténtico formador es el hermano que está al lado, que ayuda al joven en este recorrido. Es como un descensus ad intra, es como un descensus a los interiores de la persona, es un peregrinaje muy difícil, no tan atrayente, porque significa descubrir los demonios que están en nuestro corazón.


La formación es este descubrimiento paciente, humilde, constante, cotidiano. Formación inicial y también permanente. Porque cada día de nuestra vida tenemos que hacer este recorrido, tenemos que descubrir nuevas formas de esta inconsistencia central, otros aspectos de la misma inmadurez.

 Hay formación cuando se provoca en el joven este recorrido: preguntarse por las actitudes, cuáles son las formas de reaccionar ante la vida y ante las diferentes situaciones y provocaciones de ella, los estilos, la manera de reaccionar a la existencia. Y hacer parte de la actitud a la conciencia, porque la conciencia significa un particular tipo de reacción de la persona frente a la realidad, frente a la calidad moral.


Cuantas veces nosotros tenemos presbíteros que frente a determinados comportamientos en esta área dicen: "¡Bueno! ¿Qué hay de malo?" En estos casos la conciencia ha sido deformada por un particular tipo de comportamiento y actitud en una persona que no ha sido ayudada a su debido tiempo a preguntarse regularmente: "¿Cómo mi conciencia es formada?". Porque nosotros decimos siempre que hay libertad de conciencia -es un descubrimiento del Concilio Vaticano II-, sí, pero no hay libertad en la formación de la conciencia. Esto significa que un creyente tiene sus puntos de referencia para la formación su conciencia. Significa que el joven tiene que ser ayudado cada día a preguntarse: "¿cómo mi conciencia en el área afectivo-sexual se va formando?. E impedir que un cierto tipo comportamiento tenga precedencia sobre la conciencia.  

Muchas veces pasa que la conciencia afectivo-sexual es la consecuencia de un cierto tipo de comportamiento que la persona se ha condicionado a repetir hasta la convicción de que no tiene nada de malo. Esto es responsabilidad del formador, ya que él debe formar la conciencia, que consiste en formar la sensibilidad. La conciencia no se forma sobre los textos de teología moral sino a través de la formación de la sensibilidad, y la sensibilidad es una particular atención a percibir lo bello de la vida, lo que es verdadero, lo que es bueno.



Todo esto es posible solamente a través de un camino formativo con un hermano mayor a mi lado que me ayuda a crecer, a ser verdadero conmigo mismo y a tener viva mi sensibilidad. Lo que es terrible en nuestra vida es que muchas veces tenemos presbíteros que no tiene este tipo de sensibilidad, o que se la ha deformado. Entonces no piensan el sentido auténtico de lo que hacen y pierden la posibilidad de juzgar sus vidas con una conciencia creyente. Esta conciencia que se forma a los pies de la Cruz y de la Palabra del día. Ambos elementos fundamentales de la formación de la conciencia. ¡Qué lástima cuando un presbítero pierde este tipo de sensibilidad!

¡Recuerden! Nuestra conciencia moral no se forma sobre los textos de teología moral sino a través de este tipo de acompañamiento de la sensibilidad moral, de la sensibilidad estética, del creyente, de la sensibilidad típica del virgen, del célibe, pues éste tiene una sensibilidad particular. Por esta razón es importante que cuando dedicamos atención cotidiana a la formación del celibato, signifique atención cotidiana a la formación de una sensibilidad correspondiente, atenta a toda la belleza, bondad y verdad que está en el interior de la opción virginal.  

El problema nace cuando el presbítero empieza a perder este tipo de sensibilidad. Entonces la conciencia se adaptará a los comportamientos, sobre todo si son repetidos sin atención y sin la capacidad de percibir lo que no es bueno, verdadero y bello; y además, la repetición del comportamiento condiciona y modifica la conciencia y su criterio de juicio.

Por eso es importante la formación a percibirse a sí mismo. Además del contenido lo que es importante es ayudar al joven y provocarlo en el conocimiento de sí mismo. Esta conciencia de sí no es algo simple, no es algo automático, no es algo que viene como consecuencia natural de la vida de seminario.

Hay un cierto "behaviorismo" o "neobehaviorismo" entre nosotros. Nosotros pensamos que alcanza que en nuestros seminarios haya un cierto programa, una cierta escuela de teología, haya ejemplos de buenos y santos formadores para que la formación se dé como una consecuencia natural. La formación es siempre fruto de una atención personal, particular, a éste hombre, a éste joven, y significa algo que la persona no haría jamás espontáneamente. La formación es algo "innatural", no es algo natural, es una provocación, una intervención desde el exterior de la persona, una proposición a hacer algo que el joven nunca habría elegido hacer y vivir.  

Esto implica que el formador no es amigo del joven, no es simplemente un hermano, es algo más, hay un punto en la formación en la que el joven siente que la presencia del formador es una presencia inquietante.


Es importante un tipo de formación que sea crítica, que sea como una escuela de crisis como manera normal de madurar. Éste recorrido que propongo lleva al joven a que descubra su inconsistencia central. Cuantos presbíteros tenemos hoy que no saben cuál es su inconsistencia, lo que significa que no pueden vivir un celibato auténtico, pues, por definición, no es posible vivir un celibato auténtico si la persona no conoce su parte más frágil, su realidad más débil. Porque la sexualidad en la geografía intra psíquica de nuestro ser tiene la característica de ser central. 


Los problemas de inmadurez en las distintas áreas de nuestro ser intra psíquico (relaciones personales, espiritualidad, agresividad, auto identificación, etc.) antes o después van a condicionar, a perturbar el área afectivo-sexual, pues esta es la naturaleza del instinto sexual: que ocupe el puesto central. (ver esquema 2).


Normalmente, cuando un presbítero tiene dificultades (problemas de masturbación, dependencia afectiva, incapacidad de vivir en soledad, o relaciones que crean problemas en el celibato de la persona), lo vinculamos al área afectiva-sexual de la persona. Pero olvidamos esta ley de la centralidad de la sexualidad, según la cual el problema que fenomenológicamente aparece en el área afectivo-sexual, en la mayoría de los casos no es un problema en su raíz de esta área, sino es un problema relacionado con una dificultad en las otras áreas de la personalidad.
 

De todas las áreas, la más problemática en la vida del presbítero es la manera de identificarse, el sentido de positividad de la persona. Cada ser humano tiene la necesidad de tener una percepción sustancialmente positiva de su identidad; cuando no la hay, la persona busca inconscientemente otros elementos compensatorios (título de estudio, éxito apostólico) para resolver su problema de identidad personal. Sabemos que esta búsqueda es infructuosa ya que cuando la atención no está bien orientada, no se resolverá jamás el problema.

Cuando una persona no tiene una identidad suficiente y establemente positiva, inevitablemente su afectividad y sexualidad se convertirá en la más importante de estas compensaciones, porque la relación con otra persona le hace experimentar su propio valor. Por eso la raíz, en el 85 % de los problemas afectivos de los presbíteros, no es del área afectivo-sexual, sino un problema de identidad, de falta de imagen positiva de sí. Esto es importante decirlo, ya que para resolver un conflicto tenemos que hacer antes un diagnóstico correcto. Por esta razón el matrimonio o una relación ambigua en la vida de un sacerdote no han resuelto su problema, pues este anidaba en otro lugar.

Esta ley de la centralidad de la sexualidad debemos enseñársela a los jóvenes en la formación inicial para analizar correctamente lo que pasa en este campo

6. … o que haya atención en el campo de la afectividad sexual solamente con los jóvenes que confiesan tener un problema en este sentido…

7. … o en los "casos delicados"…

 Se trata de los casos de jóvenes que han tenido una infancia con problemas y que son, evidentemente problemáticos.


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