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martes, 31 de julio de 2012

Un seminarista de Barcelona en los Juegos Olímpicos de Londres

Publicado por: Religión en Libertad
 
Todo el mundo, en todas las partes y en épocas, ha nacido con sueños. A decir verdad, muy pocos de nosotros podemos decir que los hemos tocado con los dedos. Pero aún se reduce más el número al proponer a nuestro siguiente protagonista, un joven de Barcelona que los tocó con los dedos, y que renunció a ellos cuando ya tenían más de realidad que de sueño. Hablo de Carlos Ballbé, Litus para los amigos.
Litus nació en el seno de una familia católica y, bien temprano, a la edad de cinco años, comenzó a desarrollar la afición al hockey hierba, deporte muy asentado en Tarrasa y que en su casa ya habían practicado tres generaciones.

No era prototipo de chico formal
Litus despuntó pronto, llegó a jugar en el club más importante de España y de los más punteros de Europa. Mientras triunfaba en el deporte del stick crecía también en otros terrenos como el de las fiestas, las chicas y los amigos más de noche que de día. Sin ser algo escandaloso, no era precisamente el prototipo de chico formal. Triunfador, deportista, buen estudiante, juerguista.
Un club alemán quiere ficharlePero cuando un club alemán, el campeón de Europa, vino a por él, renunció a su sueño de triunfar en el extranjero. Ese fue el primero de sus sueños que rechazó. El otro fue el de disputar los Juegos Olímpicos de Pekín. Cuatro años después Dios le ha dado otra oportunidad, ya viviendo su vocación al sacerdocio desde el seminario. Lo cuenta él mismo, dando testimonio de que Dios tiene para nosotros sueños mejores que los que puede alcanzar a soñar uno mismo.
De asmático a jugador de hockey hierbaTodo empezó a los cinco años, cuando empezó a jugar al Hockey, aunque “al principio tuve muchos problemas porque soy asmático. Llegué a tener tres cuartas partes de un pulmón inutilizado, no ya para hacer deporte, sino para cualquier cosa”.

Después de muchos tratamientos y consultas médicas, por fin se pudo reconducir la enfermedad de Litus y su carrera como jugador de hockey. Tan bien fue la cosa que desde la adolescencia ya era convocado en las categorías inferiores de la Selección de España. Era lo que se dice un crack, al menos “en el campo, pero fuera de él no tanto. Me llegaron a echar de la Selección Catalana por mal comportamiento con quince años. Me vino muy bien para madurar”.

El mejor equipo español de hockey hierba
Litus fichó por el mejor equipo español de hockey hierba, el Atlético Tarrasa, club con el que llegó a ganar cinco ligas y una Copa del Rey. “Además, fui dos veces subcampeón de Europa y otras dos veces tercero”.

Por aquel entonces, Litus ya iba formando alguno de sus sueños: “Jugar unos Juegos Olímpicos y jugar dos o tres años en una liga extranjera, en una fuerte, donde el hockey estuviese más valorado que en España”. Sin embargo, cuando ya todo estaba hecho para firmar por un potente equipo alemán, el campeón de Europa, y con un contrato formidable encima de la mesa, una peregrinación a Medjugorje cambió los planes para siempre.
Todo cambió en MedjugorjeTodo sucedió como cuenta el propio Litus: “La cosa es que mi padre se estaba leyendo un libro sobre Medjugorje, un pequeño pueblo de Bosnia al que peregrinan miles de personas de todo el mundo. Él me propuso ir y a mí no me atrajo para nada la idea. Aquel verano de 2005 jugamos el Mundial Sub’21 y empezamos muy mal la competición. Iba tan mal que un domingo fui a Misa y le ofrecí un pacto a Dios: le dije que si Él arreglaba ese Mundial, yo iría a Medjugorje con mi padre. Y así fue. Hicimos historia. Nunca antes una Sub 21 había hecho medalla y nosotros quedamos terceros. De modo que al volver me marché con mi padre y con mi hermano a Medjugorje”.
Tomar en serio a DiosSu experiencia de Medjugorje le dio la vuelta a la forma de vivir su fe, hasta entonces vivida de una forma muy tradicional y superficial, como él mismo cuenta: “Yo ya creía en Dios y en la Virgen, y en todo eso, pero Medjugorje va más allá. En ese viaje tomé conciencia de la importancia que tiene el hecho de que Dios existe, porque hasta entonces yo vivía creyendo en Dios, pero como si no fuese conmigo. En Medjugorje no. Allí te das cuenta de que Dios es algo más que un ideal, de que está contigo, de que eres hijo suyo y que está ahí para todo, aunque tú no estés para nada. No sé cómo decirlo, pero le empecé a tomar en serio”.
Una lenta conversiónSu conversión no fue de la noche a la mañana, porque nada más volver Litus reconoce que volvió a “hacer el ‘capullo’, a salir de fiesta, chicas, derrochar dinero, estar todo el día de amiguetes y nada de rezar… antes de Medjugorje era así y yo no le daba importancia. Pero a partir de ese viaje, a la vuelta, yo notaba algo dentro de mí que me decía: “Litus, eres libre y puedes hacer lo que quieras, pero así no eres feliz”.
Las cinco piedras de MedjugorjeLitus volvió a Medjugorje en el verano de 2006, después de haber ganado una liga más y seguir creciendo en el Hockey. Después de ese viaje, Litus ya empezó a vivir las conocidas cinco piedras de Medjugorje, rezando el rosario todos los días y frecuentando los Sacramentos, y resultó que aquel año fue su mejor año como jugador, tanto que el mejor equipo de Europa, un conjunto alemán, le hizo una oferta.
Lo tenía todo... pero Dios lo quería sacerdote
Litus tenía ante sí el primero de sus dos sueños a punto de ser cumplido. “Además había empezado a trabajar hacía poco en una empresa y se puede decir que en ese momento yo tenía todo, me podía sentir pleno y realizado. Fue justo en ese momento, cuando yo estaba en la cresta de la ola, cuando empecé a recibir algún mensaje sutil sobre el plan que Dios tenía para mí: ser sacerdote”, aunque aún Litus no lo veía de forma suficientemente clara como para dar el paso siguiente.
“Me ofrecí a Dios”De ese modo llegó el verano 2007. Con el equipo alemán había llegado a un acuerdo para que le esperaran un año, y ese verano anterior a los Juegos de Pekín, era el verano de las decisiones. Sobre la mesa estaba tanto el marcharse a Alemania como el prepararse para los Juegos, y en una semana de descanso Litus decidió hacer algo impensable: “Me ofrecí a Dios”.

Pocos días después de ese ofrecimiento, Litus marchó por tercera vez a Medjugorje, su viaje más difícil: “Llegué un sábado y por la noche fui a la adoración. Aquella adoración es increíble. La explanada estaba llena de gente, pero se estaba a gusto. Expusieron al Señor y le dije: “No sé qué pasa, están pasando cosas muy raras. Yo quiero jugar limpio contigo, así que aquí me tienes, haz lo que quieras”. Ese viaje fue el cambio radical en mi vida. En todo. Lo pasé mal, muy mal, pero empecé a rezar con calma, a meterme en Dios. Yo solo le puse una condición: “Déjame cumplir mi sueño”.

Entrar en el seminario
Tras aquel viaje, Litus decidió entrar al seminario. Parecía que su sueño de jugar los Juegos Olímpicos se quedaba por el camino. De hecho, en 2008, Litus vio como sus antiguos compañeros ganaban una plata histórica cuando él ya estaba enfrascado con libros de Teología.

Sin embargo, la historia no se queda ahí, ya que después de haber llegado a un pacto entre el seminario de Barcelona y el Club Atlético Tarrasa, Litus ha podido compaginar estos años la práctica de su deporte favorito con los estudios, y Dios, que escuchó la petición de su hijo
–“Déjame cumplir mi sueño”-, le ha dado otra oportunidad.
Juegos Olímpicos de LondresEl próximo lunes 30 de julio, la Selección Española de hockey hierba debuta en los Juegos Olímpicos de Londres contra Pakistán, y uno de los jugadores será Litus Ballbé, seminarista de Barcelona.

Desde la Villa Olímpica, concentrado ya con la selección, Litus dice estar viviendo “una experiencia increíble, preciosa”, tratando de aportar “un valor más, no solo el ganar, sino crecer en mi vivencia de la fe, compartiendo esto con gente de tantas partes del mundo”.

Litus se despide acordándose de Medjugorje, y pidiendo oraciones a todos los peregrinos que este verano se darán cita allí: “Rezad mucho por mí en Medjugorje, para que dé buen testimonio aquí”.

Ya de paso, los peregrinos españoles rezarán para que Litus y los suyos vuelvan con un metal colgado del pecho. Seguramente, al volver de los Juegos, el propio Ballbé peregrine hasta Medjugorje para dar gracias a Dios por haberle dejado cumplir su sueño.


lunes, 30 de julio de 2012

Tres hermanos sacerdotes en una misma familia!

Publicado por Religión en Libertad

Cuando Luke empezó el instituto, sus planes eran licenciarse en marketing, entrar en el mundo de los negocios, hacer mucho dinero, casarse y tener hijos. Su hermano Vincent quería conseguir lo mismo, pero con su trabajo de neurólogo. Y el pequeño de los Strand, Jake, no llegó a definir un futuro profesional concreto antes de enrolarse en el servicio de Dios como sus mayores.

Porque hoy Luke y Jake son ya sacerdotes, y Vincent, tras once años cursando los selectivos estudios que hacen los jesuitas, se ordenará en breve en el seno de la Compañía de Jesús.

Ni animar ni desanimar


¿Y a qué se debe esta abundancia de sacerdotes en la familia? Según el reportaje de Carrie Antflinger para Associated Press, los Strand son una familia católica de Dousman (Wisconsin, Estados Unidos), pero nada hacía pensar que tres de los hijos (hay una cuarta hermana) acabarían ensotanados.

"Iban a misa los domingos, bendecían la mesa antes de comer... pero no eran unos excéntricos", subraya su padre, cuya tía es religiosa clarisa en Kokomo (Indiana). Jerry recuerda, eso sí, que la abuela de los tres sacerdotes soñaba con ver a alguno de ellos entregado a Dios. Sus nietos se lo tomaban a broma.

"Fue una sorpresa verlos venir uno tras otro a contárnoslo", dice Bernardette, la madre del trío. Ella y su marido ni les animaron ni les desanimaron en su decisión, aunque fue dura, porque para el jesuita Vincent, por ejemplo, ha significado estar varios años en Europa, formándose en Austria y Alemania.

Tres caminos similares, pero independientes

Los tres sintieron la vocación al finalizar el bachillerato, y los tres meditaron su resolución durante años.

A Luke le tocó la llamada cuando estudiaba en la Universidad de Wisconsin-Oshkosh, donde encontró un grupo de jóvenes "comprometidos con la fe". Poco después, vivía con un sacerdote en un albergue para sin techo, "sirviendo radicalmente a los pobres y pidiendo ser admitido en el seminario". "Me recuerdo a mí mismo pensando alguna vez: ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿De qué va esto? Iba de servir en la Iglesia", cuenta Luke, ahora director de vocaciones de la archidiócesis de Milwakee.

En cuanto a Vincent, estudiaba Medicina en la Universidad Marquette, un centro académico jesuita, cuando empezó a madurar su respuesta a Dios. Las enseñanzas de un profesor le hicieron ver que "Dios era real en una forma de la que nunca antes me había dado cuenta", y pensó en consagrarse a Dios a través de la vida intelectual. Consideró hacerlo en el matrimonio, pero no quiso términos medios, sino "vaciarse completamente" de sí mismo... y rompió con su novia para seguir la llamada. El celibato no era un obstáculo, todo lo contrario: "El celibato y el voto de celibato es una de las cosas que realmente amo de esta vida y una de las más liberadoras", explica.

Por último está Jake, el benjamín, el que más tardó en decidirse porque la idea del sacerdocio le asustaba. Quería servir a Dios, pero mediante fórmulas compatibles con formar una familia. Al final, decidió entregarse por completo: "No influyó que Luke y Vince asumieran ese deber, porque no se trataba de un deber, sino de un regalo". Pronto completará su licenciatura en Teología en Roma.

"¡Anda, pero si sois normales!"



Cuando hablan del sacerdocio, saben bien qué ideas equivocadas se tienen al respecto: "Muchos creen que se trata de un puñados de ancianos enfadados que no disfrutan de la vida. ¡Por Dios, que miren la realidad de la vida sacerdotal! Los sacerdotes aman lo que hacen. Son alegres. Son felices. Son libres. ¿No es eso lo que todo el mundo quiere ser?".

Luke tuvo la dicha de casar el año pasado a su hermana Theresa, que presume de que siempre velaron por ella y no les ve como bichos raros: "Sueltan más tacos que yo", bromea. Pero muchos siguen considerando que el caso de los Strand es una anomalía. "Algunos, cuando nos conocen, dicen sorprenderse de que somos normales", cuenta Bernadette, la madre del clan: "Es ridículo, ¡claro que somos normales y claro que los chicos crecieron normalmente!".

Eso sí, los tres hermanos consideran un misterio la razón por la que han sido escogidos para su misión sacerdotal: "¿Por qué es tan importante? Porque nos damos cuenta de que hay algo más allá de nosotros mismos".


Urbanidad en el seminario y trabajo pastoral!!


Olga Cristina Alvarado Copado
Religiosa Hija del Espíritu Santo

Seguramente estimado seminarista, recuerdas a personas que por su trato contigo, por su manera de tomarte en cuenta como persona han dejado  en ti más que un recuerdo agradecido hacia ellos, porque te han revelado la importancia de un estilo de trato que dignifica. Y por si alguna vez o más has encontrado con lo contrario; te compartiré un consejo que recibí alguna vez, “Te fijas la  incomodidad que te sentiste, y  el mal  ambiente que creo, pues no se lo aprendas; al contrario, tú hazte responsable de  hacer  más  amable  y cordial el  ambiente  en que te encuentras”. Upss. A fin de cuentas es una decisión personal, cultivar  un bien moral y cristiano en mi entorno.

Pasemos a lo práctico, en tu encuentro con los demás: Iniciemos con el rostro, de lo primero que sale al encuentro del otro, saluda con  amabilidad, pon interés  y atención en la persona con quien te encuentras.  Evita actitudes de gestos hostiles, indiferentes o que expresen molestia, descontento o desaprobación. Que tu disposición sea cortes, amable, sin prisas o ansiedad.

Si sabes que  vas a recibir a alguien  en el seminario prevé los detalles, avisar a quien corresponda de la visita y  llegada de la persona. Si es el caso pide la autorización, y ofrece a quien llegue  una estancia agradable, un vaso de agua o un bocadillo.  Si la visita es para ti atiéndela, si no es para ti, después del saludo cordial, deja a la visita con quien viene a encontrarse.

Cada cultura tiene un modo y manera de saludar, entérate antes para  no confundir ni confundirte.  La mirada, la forma y fuerza de estrechar la mano, si en el saludo es factible que se incluya el abrazo moderado o incluso el beso de mejilla. O si una simple reverencia hacia el otro  basta.  Que tu saludo no sea exclusivista, o selectivo, eso es excluyente y margina. Marca prepotencia y falta de madurez  en ti.

 En cuanto a la presentación personal procura que esté acorde al momento  y ambiente, escoge siempre lo sencillo y sobrio, sin exageraciones. No porque te vean sencillo te presentes con pantalones rotos o en bermudas y sandalias. O porque sea muy formal exageres en elegancia. En la formalidad también cabe la sencillez.

En tu arreglo personal toma en cuenta: higiene y limpieza de tu cara,  aliento,  humor, cabello, barba o/y bigote, manos, uñas, ropa, calzado. Siempre preséntate en tu vestir de acuerdo a la ocasión y tu identidad como seminarista o cuando lo seas  como sacerdote.

En tus cosas de uso personal  procura tener sólo lo necesario con  sencillez, orden, organización y limpieza, evita ser ostentoso y la vanidad por la búsqueda de  marcas o ser voraz y consumista en aras del avance tecnológico. Recicla y reutiliza  lo que tienes.  Aprende a compartir por un servicio pastoral y comunitario más que por un interés personal. No pongas en lo que tienes el corazón, las cosas son importantes pero las personas lo son más. No exijas a tu familia o a tus destinatarios que te procuren o consigan lo que deseas,  a ellos les puedes enseñar a  entender que sigues a Jesús pobre y libre ante los bienes y comodidades, así te podrán apoyar en tu compromiso de ser coherente con tu identidad.

 Procura que los espacios que utilizas; cuarto, baño, mesa de trabajo, comedor, estancias, salones etc., queden limpios y en orden cuando estés y te retires de ellos, y más cuando es un espacio común.  Es tu ambiente, donde el Señor también está .Esto también es caridad, cortesía, amabilidad y cuidado ecológico.

En tu relación con los hermanos de comunidad: procura  que tu trato sea amable, atento, fraterno; evita la ironía, las burlas o los mensajes de doble filo, y menos aún un lenguaje ofensivo o humillante a costumbres o culturas. 

Al platicar, escucha atento, no estés distraído o te desconectes de lo que te dicen, si estas en grupo no atropelles el hablar del otro, evita discursos moralistas o dogmáticos; interésate en la conversación más por el otro que por lo tuyo.

En cuanto a la conversación cotidiana  procura evitar cometarios desedificantes, vanos, morbosos  o vulgares, chismes y mucho menos hablar mal de otros y atizar el tema en este aspecto, o abordar un tema que fomente discusión o incomodidad.  

Atiende a tus posturas para escuchar a otro, si estas de pie o sentado, míralo, si estás sentado no te derrames en la silla o juegues con los pies o las manos manifestando ansiedad o molestia. Si usas celular apágalo cuando estés conversando con alguien; evita cundo converses estar ante la computadora haciendo otra cosa en aras de “aprovechar el tiempo”.

En algunos grupos sobre todo de hombres se manifiestan afecto a través de golpes o juegos bruscos,  esto alude a poca cultura o miedo en el trato  afectivo y  favorece los brotes de violencia  o falta de respeto. 

La puntualidad no  debe ser para ti algo reglamentario sino una actitud  que favorece la comunión,  el respeto, atención y   cordialidad con el otro.

Litúrgicamente la puntualidad es signo de  la calidez, disposición, apertura y comunión en  la vivencia de encuentro y alabanza de la comunidad con el Señor.  Es cuestión de amor, no de regla.



En cuanto a las  relaciones que entablas, procura que sean relaciones sanas que te lleven a ser  más, libre y auténtico. No es sano cultivar actitudes de sobreprotección, dependencia o chantaje.  Esto es tanto para con el grupo que formas,  como para tu relación con  formadores y grupos de apostolado.

Procura en tu labor pastoral una actitud responsable, activa, cercana, sencilla, fraterna  y abierta a la colaboración con otras personas, ya sea laicos, religiosas o sacerdotes y en una comunicación clara y oportuna con quien dependes pastoralmente. La comunión y coordinación pastoral  es vital porque es testimonio de fraternidad.  Este ejemplo arrastra cuando no es por apariencia o diplomacia sino por la alegría del compromiso fraterno responsable   y solidario por un bien mayor.

En cuanto a formar equipos de trabajo pastoral hay mucho que aprender y si te toca la responsabilidad de dirigir alguna actividad y proyecto,  mantente abierto a la participación y colaboración de todos y procura una acción corresponsable y que el equipo de trabajo tenga la comunicación objetiva y a tiempo. Prepárate  prevé en lo posible a largo, mediano y corto plazo, evita improvisar; utiliza los medios que tienes a tu alcance, considera que cuando se usan medios técnicos algo puede suceder, pero si estás bien preparado tanto tú como los que colaboran contigo, les será más fácil buscar  estrategias accesibles para  sacar adelante la acción pastoral. Evita buscar culpables o quejarte  de ineficiencia, y mucho menos enojarte y manifestarlo; al contrario en esto también proyectas y aprendes tú a madurar en el equipo de trabajo así  como a los destinatarios presencian  un modo de asumir la vida  cotidiana en sencillez, comunión y  paz. Si está en tu mano y hay la posibilidad busca espacios significativos para  la integración  grupal y conocimiento de su realidad, que   el equipo cuente  con formación técnica y espiritual adecuada en las tareas que desempeña; espacios para la oración y  para compartir la experiencia de fe, de convivencia y celebración litúrgica.  Permanece atento a lo que comparten de su realidad. Es triste que algún miembro del equipo, de la comunidad o del seminario este pasando por un momento difícil y los que comparten la responsabilidad pastoral o la vida comunitaria estén ajenos, lejanos o lo que es peor indiferentes a lo que está pasando uno de sus miembros.

Si asistes a una convivencia o comida, considera con quienes estarás,  degusta los alimentos con sencillez y gratitud. Utiliza los cubiertos que se te ofrecen Para comer, si no sabes usarlos fíjate como los utiliza el resto de los comensales;  si no los hay con sencillez ingiere los alimentos al estilo de la comunidad que te los ofrece. Sé sobrio al servirte los alimentos; si se dan bebidas alcohólicas, si es posible evítalas, pero si lo consumes  hazlo con prudencia.

No hables cuando hay en tu boca alimento, si tomas líquidos evita sorber o  tomar de corrido con tragos continuos. Come despacio y conversa durante el tiempo de la comida, evita la prisa;  si te das cuenta que el alimento te repugna, se discreto en tus expresiones y pide que te sirvan sólo un poco.

En relación con la mujer, procura ser amable en tu lenguaje, ayudarla a subir o bajar de un transporte acomídete a ayudarla con  las cargas pesadas, darle el paso y si es el caso  darle el asiento.

Si compartes el trabajo con ellas, escúchalas  y así sabrás en qué y cómo pueden colaborar contigo. Además pueden ayudarte a ver necesidades y  otros aspectos  que tú puedes considerar que no son importantes pero que finalmente dan  profundidad al contenido, un toque comunitario y fraterno a la actividad pastoral.  Procura  con la mujer siempre un diálogo abierto y sin exclusividad, esto evitará relaciones de familiaridad que invadan tu intimidad; ayuda  la forma como le haces consciente de  su dignidad como persona y lo valioso de un trabajo común por un bien mayor.  Evita en todo momento ser utilitarista con la mujer, o devaluar su ser.

Siempre pide por favor las cosas, da las gracias, y si cometiste un error discúlpate.

Ten atención  y delicadeza con todos  especialmente con los enfermos, ancianos o los que son menos útiles a los ojos del mundo.

En la correspondencia o comunicación tecnológica, procura responder a los mensajes con sobriedad y amabilidad.

Hace días me llegó un mensaje que me pareció muy acertado decía:

¡De lo que hay en el corazón, habla el Facebook! Es verdad.

 Podríamos  buscar otros complementos a esta frase por  todo lo que comunica nuestro ser.

De lo que hay en el corazón,habla nuestro rostro, nuestras cosas, nuestras prioridades, nuestra boca, nuestros gestos, nuestro andar, el vestir, el compartir,  el modo de optar, el modo de descansar,  de bromear, de divertirte,  el modo de estar con el otro, con la otra, con la comunidad, el modo de mirar y lo que miras… ¡Es tanto lo que comunicamos con nuestro ser y hacer! Ojalá que comuniquemos al Señor por excelencia, al Pastor misericordioso, al Hombre de las bienaventuranzas, al Hombre que se parte y se comparte  en  comunión, al que mira con amor, al que no juzga, al que cura, al que sana, al que no entra en el juego sucio, al que no busca privilegios,  al que dialoga continuamente con su Padre, al Hijo de Dios. A Cristo. Líbrenos Dios  de querer usurpar su lugar y  su acción o deformar su presencia.

Pon atención si te aflora el rol gran señor, de superman, de director de orquesta, de conquistador, ídolo rodeado de  fans,  de tosco,  de héroe libertador, o de Romeo enamorado,  de bufón, de incomprendido, de enojón, o agresivo… etc.   Si te sorprendes actuando así o te lo dicen tus compañeros, en humildad, escúchate y escucha,  reconócete, óralo y  háblalo con tu asesor; tendrás a tu alcance la oportunidad de crecer y madurar tu afectividad y tu  calidad cristiana en tu caminar pastoral.

Hasta pronto y que Dios te bendiga.


México, julio del 2012


domingo, 29 de julio de 2012

Una gran aventura vocacional!!

Guillermo Loría Vidal
Seminarista de la dióceis de Yucatán



¿Por qué entramos al Seminario? ¿Qué nos mueve a permanecer en el Seminario habiendo otras muchas posibilidades donde uno puede educarse o invertir la propia juventud?


Cada uno, de modo diferente, pero dentro de un mismo misterio que nos envuelve a todos por igual, hemos experimentado una novedad en la vida: la llamada y la mirada del amor de Jesús que nos invita a estar con Él, a vivir con Él y como Él; a ser su amigo y vincularnos íntimamente a su Persona para enviarnos a comunicar la Buena Nueva del Reino de Dios.


En el Seminario el verbo central es “ser”. Ser discípulo de Jesús, ser su amigo, ser hermano, ser servidor, ser un apóstol, ser misionero, ser sacerdote de Cristo.


Nos sentimos contentos de vivir con y para Dios. Nos experimentamos dichosos de formarnos cada día mejor para servir con más calidad, prontitud y espiritualidad a las múltiples necesidades de nuestro pueblo.


Sabemos que nuestra mejor aportación es ser fieles al llamado sacerdotal que Dios nos ha regalado. La gente espera que transmitamos los valores del Evangelio con el testimonio de la propia vida. Y que siguiendo el ejemplo de Jesús no tengamos miedo de proclamar la belleza, la bondad y la felicidad que se encuentran en una vocación sacerdotal que se entrega totalmente.


Nuestra vocación nace del encuentro personal con Cristo, que hace brotar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón. Deseamos que Él nos transforme para ser como Él y para compartir con Él su destino.


Poco a poco hemos descubierto que nuestra vida está tejida con dos tramas firmemente unidas: la de nuestros planes y proyectos y la del amoroso designio de Dios. Que importante es trabajar como si todo dependiera de nosotros y a la vez mantenernos abiertos al tiempo de Dios.


Cuando vencemos temores, dejamos comodidades y dedicamos todo nuestro tiempo a trabajar por el Reino de Dios se está formando Cristo Buen Pastor en nuestra vida.

¡Ay Señor mío, mira que no se hablar , que soy un muchacho (Jr1,6). Pero que confiando en el Señor responden: ¡aquí estoy Señor, envíame (Is,6,8).


Recordemos que en la formación de cada día forjamos una personalidad que no dependa de lo tenemos o aparentamos sino de lo que somos: hijos amados por Dios, servidores de Dios y de su Pueblo.


Definimos nuestra vida no por lo que cada uno opina, quiere y le gusta, sino por lo que Dios nos dice, lo que Dios quiere y lo mucho que Dios nos ama.


Acogemos y discernimos en la fe lo que Dios nos dice, recibimos en la confianza lo que Dios quiere y nos dejamos encontrar por un Dios que nos ama y nos llama.


La formación y la vida sacerdotal nacen unidas a una experiencia de encuentro y contacto real con un Dios vivo. Una experiencia que Dios es el Absoluto y de que todo nuestro ser y nuestra vida tienen una referencia última a Él. Es una experiencia de atracción profunda, radical e irresistible hacia Dios y las cosas de Dios. Penetra nuestra afectividad y voluntad y aún en los momentos más difíciles, en la oscuridad de la fe, se recibe una certeza indefinible, inefable, por lo que Dios es todo.


Esforcémonos cada día por responder así al llamado divino: de forma total y central. Que todos nuestros pensamientos sean para Cristo, que todos nuestros sentimientos sean para El, que nuestras palabras y acciones estén inspiradas en Él.


Dios no nos quiere seminaristas ni sacerdotes de medio tiempo, sino de tiempo completo. Cien por ciento de Jesús: con el corazón, la mente y la voluntad absolutamente entregados a la causa del Evangelio.


Nuestra alegría está en el servir y no en el dominar. Nuestro gozo está en ser solícitos y solidarios a las necesidades de los hermanos y no en usarlos y manipularlos.


Seamos servidores y así atraeremos a muchos para Cristo. Seamos servidores viviendo cada labor, cada responsabilidad no como una carga sino como un regalo de Dios. Disfrutemos y agradezcamos que seamos trabajadores en la viña del Señor. Es el secreto para convertir las tareas y obligaciones cotidianas en fuente de alegría y fecundidad.


En este mundo, nos sentimos como los discípulos que acompañando a Jesús, viviendo con Jesús, nos encontramos en medio de una multitud hambrienta y una petición directa del Maestro: “denles ustedes de comer” (Mt 14,16). Nuestra amistad con Jesús nos coloca en medio de las carencias de nuestra gente, nos hace más sensibles a las apremiantes necesidades que vemos, ante el hambre de Dios y la búsqueda de una vida más plena y feliz que recorre todos los ámbitos sociales.


La respuesta cotidiana debe de ser: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. ¿Qué es esto para tanta gente?” (Jn 6,9). Camarada ofrezcamos todo lo que tenemos nuestra juventud, nuestra vida, las ganas de aprender, nuestros ideales de entrega a Cristo y a los demás. Los panes y peces podrían parecer pocos pero son los más importantes de nuestra existencia: los deseos de nuestros corazones para ser transformados en el corazón de Cristo Sacerdote, de vivir como Él: sirviendo y amando; compartir su misión y su destino en total obediencia a la voluntad del Padre.

Únicamente entregando en cada momento todos nuestros panes y peces, nuestra vida entera podrá ser transformada en una existencia sacerdotal, a imagen de Cristo Buen Pastor que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por todos.


En el silencio fecundo de la oración, en la escucha de la Palabra, en la Eucaristía, en el amor a María, debemos de ser discípulos fieles, cercanos e íntimos de Cristo.


En el estudio, en el apostolado, en las relaciones con las personas, en la coherencia de vida, en el amor al trabajo y el servicio a los demás, en su espíritu de comunión y respeto a todos, seamos misioneros alegres, emprendedores y sacrificados.


Durante estos años en el Seminario hemos aprendido que Cristo es el camino, la verdad y la vida. Que no podemos construir la vida digna y feliz que todos deseamos sin Cristo. Que cuando sacamos a Dios de nuestra vida terminamos en caminos llenos de sufrimientos e injusticias. Que las recetas egoístas son siempre destructivas. Y que sólo la cercanía a Dios nos acerca a nuestros hermanos.


En el Seminario descubrimos que la vocación es un llamado a la santidad. Que nuestra pertenencia a Dios nos exige limpieza interior, rectitud de intenciones y tener los mismos sentimientos del corazón de Cristo.


En el Seminario nos damos cuenta que Jesús es quien nos llama, quien nos elige, no por nuestros méritos sino por una elección misteriosa llena de amor. Él nos dice con claridad: “no me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca (Jn,15,16).


Compañero, sólo Dios puede llamarnos a una vocación donde la misión es superior a nuestras propias fuerzas y capacidades humanas. Y sólo Él con su gracia puede hacer que perseveremos en su seguimiento. Cuando sintamos que las exigencias son grandes y que nuestras debilidades son muchas, imploremos con humildad su ayuda. El tesoro lo llevamos en vasijas de barro (2 Cor 4,7), pero cuando colocamos todo nuestro corazón, mente y voluntad en la formación sacerdotal para Dios nada es imposible.


Vivamos cada día con fe, esperanza y amor produce frutos de santidad en cada uno y en la Iglesia. Con nuestra respuesta vocacional hagamos presente a Dios en el mundo.


Estamos con Él para ser enviados, lanzados a una misión que va contracorriente porque asume como central el mandamiento del Amor que Él quiso llamar suyo y nuevo:“Ámense los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn 15,12), dando la propia vida por los demás. Por eso, la donación, la entrega a los demás no es una actividad extraordinaria o eventual, sino una actitud de todos los días que tratamos de vivir en cada instante e intensamente: en la oración, el estudio, el apostolado, en la formación humana y espiritual, en el sacrificio humilde y escondido de cada día.

Aprendamos a dar nuestros pocos peces y panes que se convertirán en un abundante manjar de fortaleza para los hermanos. Aprendamos a tomar nuestra cruz de cada día, a dejar de pensar en nuestros propios intereses para entusiasmarnos en los intereses de Dios. Aprendamos a ensanchar nuestro corazón a la medida de Cristo: un corazón que no excluye a nadie, que late para todos, para los pobres y los ricos, los sanos y los enfermos, los justos y los pecadores. Aprendemos a amar al estilo de María: un amor incondicional para Cristo, un amor palpitante al ritmo de la Iglesia.


Nuestra respuesta sólo puede ser un “sí” al estilo de María, un sí confiado, humilde y valiente. Sabemos en quién hemos confiado. En su nombre echaremos las redes y como nos lo pide el Papa Juan Pablo II: Duc in altum.

Guillermo Loría Vidal
Es seminarista de la dióceis de Yucatán,
actualmente cursa el 4 año de teología
en el Seminario mayor de la misma Diócesis.



sábado, 28 de julio de 2012

De jugador de fútbol americano a cura

Gracias a un libro sobre la Misa de Scott Hahn

Publicado por: ReligionEnLibertad

Multitudes con la mirada fija en él y aclamándolo como su héroe. Ese era el pasado de Joseph Freedy cuando era el quarterback en el equipo de fútbol americano de la Universidad de Buffalo. Tenía talento y él lo sabía. Y sin embargo ese «ruido del mundo», como él lo llamaba, no llenaba su corazón. ¿Y cómo es que hoy tiene una sonrisa que le dibuja el rostro? ¿Qué pasó? Todo empezó con la lectura de un libro… Pero vale la pena volver un poco la mirada para entender su camino.


Nacido en una familia católica en el oeste de Pensylvania (Estados Unidos), Joseph creció en un ambiente de fe, uno en el que «los sacerdotes no eran personas a las que no sólo veías en Misa, sino que te los encontrabas en casa con tus padres», como dice él mismo. Ver a esos hombres vestidos de negro siempre le impresionaba e incluso los sentía como familiares que de vez en cuando venían a hacer una visita.
Pero esa religiosidad poco a poco empezó a desaparecer cuando el fútbol americano entró en su vida: «En mi región, el fútbol se toma muy en serio, por lo que jugar no era algo ordinario. Yo me lo tomé tan a pecho que construí toda mi vida alrededor del fútbol; de hecho, lo usé como un medio para llenar un vacío interior que se había creado por una inseguridad personal en esos años. No sé de dónde vino exactamente, porque tenía una familia genial, pero desde el High School e incluso durante la universidad quería, e incluso necesitaba, ser el joven que yo pensé que todos querían que fuese».

Alejarse de Dios

Dejó su fe aparcada y el ambiente lo engulló, especialmente el de las famosas fiestas universitarias. Pero una buena novia que tuvo durante esos años y la misma seriedad con que afrontó su carrera deportiva le hicieron medir sus salidas y excesos. De hecho, en 1999 se convirtió en el quarterback titular de la Universidad de Buffalo.
El camino para Joseph parecía claro y fijo en su vida. Pero el tema de su fe aún le martilleaba un poco la conciencia, si bien le daba siempre largas. Por eso, fue Dios mismo quien le salió al paso.

Un libro removió su corazón

Sucedió en unas vacaciones de Navidad, cuando fue a visitar a su familia. Una mañana que estaba algo ocioso, empezó a curiosear por la casa. Al llegar a una mesa, encontró la Biblia que su padre leía antes de salir todos los días al trabajo. Junto a ella, otro libro le atrajo la atención: La Cena del Cordero de Scott Hahn. Lo tomó y empezó a leer…
«El párrafo inicial me llamó la atención, pues describía mi propia vida. Básicamente decía que nada es más familiar a los católicos que la misa y, sin embargo, casi nadie sabía lo que realmente significaba. Eso era lo que me pasaba. […] Eso me picó la curiosidad y seguí leyendo. Lo que encontré ahí me transformó».
Como si de un nuevo San Agustín se tratar, la lectura del libro le trajo paz a su alma. Le hizo darse cuenta de una realidad que desde hacía tiempo Dios le regalaba: sólo en la Misa encontraría la auténtica felicidad que tanto anhelaba su corazón.

Dios le llamaba para ser sacerdote

Tras esta nueva conversión, Joseph quiso compartir su experiencia en la universidad. Lo intentó en todos lados, incluyendo grupos protestantes como Fellowship of Christian Athletes. Traía la fuerza del enamorado a flor de piel y lo hacía notar. Y de repente en el corazón de Joseph empezó a aflorar una voz que lo desconcertaba y que quería, por todos los medios, callar: sentía que Dios le llamaba a ser sacerdote.
«Me iba a la capilla para pedirle al Señor qué quería de mí. Me pasaba mucho tiempo ahí, luchando contra Dios acerca de aquello que Él tenía pensado para mí. Porque sentía una contradicción: por un lado, nunca había sido tan feliz como ahora; pero por otro, no quería abandonar mis planes de vida para ser sacerdote».

Camino del seminario

Por fin, se decidió a hablar con un guía vocacional, que le animó a darle a Dios la oportunidad de mostrarle qué camino había pensado para él. No sin esfuerzo, pero confiando en la acción de Dios, decidió ir al seminario.
Hoy, Joseph es sacerdote –se ordenó el 21 de junio del 2008– y al ver la historia de su vocación no puede sino agradecer infinitamente a Dios por todo lo que le ha dado. El derrotero de su formación le han llevado a lugares como el Pontificio Colegio Americano de Roma, en donde pudo presenciar el funeral de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI, para terminar en la diócesis de Pittsburgh, en donde actualmente funge como director de la pastoral vocacional diocesana.
«Saber que mis manos han sido ungidas para traer el Cuerpo y la Sangre de Cristo al mundo y para perdonar los pecados es una bendición indescriptible. ¡El don del sacerdocio es abrumador! Fui ordenado hace ya casi cuatro años y puedo decir que nunca he sido infeliz como sacerdote». Y esta experiencia es, sin duda, el mejor touchdown que el P. Joseph pueda anotar en su vida.

Fuente: Religión en Libertad, 20 de junio de 2012.


jueves, 26 de julio de 2012

A ti, madre de sacerdote... ¡Gracias, muchas gracias!

Remedios Falaguera
Publicado Por: InfoCatolica


“Después de Dios, se lo debo a mi madre. ¡Era tan buena! La virtud viértase fácilmente del corazón de la madre al corazón de los hijos…Jamás un hijo que ha tenido la dicha de tener una buena madre tendría que mirarla y pensar en ella sin llorar” (Sto.Cura de Ars)

Tengo entre mis manos un pequeño libro titulado La madre del Sacerdote escrito por Juan de Yepes. Se publicó en 1941 con motivo de la Semana de la Madre celebrada por la Unión Diocesana de Mujeres de acción Católica de Ávila para contribuir “en esta siembra menuda de bien. Quiera la Virgen María, Madre Sacerdotal, bendecirlas, dándoles una fecundidad insospechada”.


A pesar de que muchas de ellas consideran que no han hecho nada extraordinario están predestinadas desde la eternidad para vivir el privilegio de tener un hijo sacerdote y custodiarlo para que sea fecundo y santo. Los que tenemos el privilegio de tenerlas cerca, de conocerlas y de tratarlas, descubrimos las grandes virtudes que Dios puso en ellas.


“La Sagrada Familia se convirtió en el primer modelo de amor de muchas otras familias santas. Y María, Madre de Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote y Madre de todos los sacerdotes es el modelo a seguir del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve”(San Josemaría Escrivá de Balaguer)


De hecho, la “historia del cristianismo está llena de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia”, como afirma Benedicto XVI, tomando el ejemplo de santa Mónica, madre de san Agustín.


Ser mujer-madre ya es algo que comporta admiración y magnificencia. Pero ser madre de un sacerdote, rezar, acompañar y servir con amor de madre, de hermana, a un “Ministerio santo que requiere santidad” para que el ministro pueda ocuparse de ser “servidor de todas las almas, ejemplo del Divino Maestro”(1), es un orgullo, el privilegio más grande que Dios nos puede conceder.


Alguien me dijo una vez que “una madre no es una autopista pero te puede guiar por el mejor camino, con paciencia, entrega, sacrificio, perdón, compañía, amor, bendición, protección, cuidado y demás etc…”.


“Para nosotros los sacerdotes nuestras madres son el familiar más cercano, el más allegado. En los momentos de dolor, aparte de la oración, nuestras madres son el oasis en donde enjugamos nuestras penas, la piedra en la cual recostamos la cabeza en los momentos de cansancio, la luz que nos alegra el alma cada vez que nos sonríen. Es por eso que nosotros los sacerdotes sufrimos profundamente la muerte de nuestras madres. Cuando ellas nos dejan para irse a Dios, nosotros nos sentimos perdidos, hay un gran sentimiento de vacío en nuestro corazón. Pero en ese momento comprendemos también que nuestras santas madres están al lado del Sumo Sacerdote, de su Madre Santísima y que desde allí velan por nuestro sacerdocio.(2)
Tengo en mente un nuevo proyecto. Con el propósito de darles las gracias a las madres de los sacerdotes me gustaría que vosotras- madres, hermanas y demás familia de sacerdote-, aportarais vuestro testimonio. Vosotras sois las grandes protagonistas. Tenéis tantas cosas que enseñarnos…


A partir de ellos, de vuestras experiencias y reflexiones, podremos deleitarnos y considerar la necesaria y privilegiada participación en la vida de la Iglesia de todas las madres de sacerdotes. Mujeres – muchas de ellas han pasado desapercibidas a lo largo de la historia-, que por su valentía, compromiso y generosidad, son un ejemplo para las mujeres del Siglo XXI.


Estoy segura que con la ayuda de Nuestra Madre Santísima nos ayudará a todos a reconocer y agradecer a todas las madres- si, también a tu madre que siempre se mantuvo en la sombra-, su amor, piedad, comprensión, dulzura, seguridad, libertad, coraje, ejemplo, alegría…difícil de superar. Ellas, como nadie, y poniéndose al servicio de Dios, de su familia y de sus hijos, se han puesto al servicio de toda la humanidad.
Gracias por vuestra ayuda.


(1)Monseñor Javier Echevarría, Homilía Ordenación Diaconal, Torreciudad, 1997
(2)P. Rafael Méndez Hernández, La madre del sacerdote,El visitante, año 36, núm. 19; 2010


martes, 24 de julio de 2012

El sacerdocio masculino en los ojos de una feminista atea

Publicado por: InfoCatólica

«Fui atea toda mi vida hasta el año 2005. Busqué mi camino hacia el cristianismo, y ahora escribo acerca de lo que significa ser parte de esta fe, después de una vida como no creyente». Así se describe Jennifer Fulwiler, «escritora y manager caótica de su creciente familia, que actualmente incluye cinco hijos pequeños». Es columnista en Envoy Magazine, National Catholic Register, entre otros, y tiene un blog (ConversionDiary.com), en donde comenta la alegría de su fe católica.


 
Soy un admirador personal de sus escritos. Cargados de realismo y de profundidad, sus líneas suelen transparentar esa fuerza típica del converso que no se anda con medias tintas. Leerle suele ser una bocanada de aire fresco dentro de la red. Entre sus muchos escritos, hubo uno que me pareció especialmente iluminador: Por qué siempre me ha parecido sensato el sacerdocio masculino. Venido de una pluma que antes fue atea y feminista, me pareció interesante darle una ojeada. Valió la pena…


 
Con permiso de la misma Jennifer, que amablemente me autorizó hacer una traducción de su artículo, comparto ahora con ustedes estas líneas, esperando que puedan iluminar y ayudar a valorar, aún más, la fe tan hermosa que tenemos en nuestra Iglesia. ¡Gracias, Jennifer!

 
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Por qué siempre me ha parecido sensato el sacerdocio masculino

Cuando leí la parte de «Catolicismo para idiotas» (Catholicism for Dummies) que trataba el tema del sacerdocio masculino, alguno podría pensar que me iba a volver atrás en mi decisión de convertirme. Ya había escuchado algo sobre género y clero católico en la «cultura popular», pero nunca me topé con el tema hasta que empecé a buscar y me di cuenta que efectivamente la Iglesia Católica no acepta mujeres al sacerdocio. Siendo atea de toda la vida y una feminista proclamada, podría pensarse que debería sentirme ultrajada. Sin embargo, cuando intenté que me viniese una justa indignación, ésta jamás llegó. De hecho, algo de esta postura me pareció objetiva. Sorprendida por mi propia posición, pasé mucha parte juzgando por qué no sentía la urgencia de denunciar esta postura polémica como opresiva e injusta. Y esto fue lo que me vino a la mente:

Los hombres y las mujeres son distintos
Por ese entonces, había sido mamá recientemente. Y no hay nada como el embarazo y el dar a luz para darse cuenta de que el hombre y la mujer son muy, pero muy diferentes. Incluso fuera de la visión católica, no se puede negar que quienquiera que nos creó –sea que lo llames Dios o Naturaleza o Alá o lo que sea– nos creó hombre y mujer con capacidades complementarias y, sin embargo, totalmente distintas. Las mujeres pueden cargar una nueva vida humana en su seno; los hombres no. Las mujeres pueden amamantar a sus bebés; los hombres no. Los hombres son generalmente más fuertes: el más fuerte de los hombres en el mundo siempre va a ser más fuerte que la más fuerte de las mujeres en el mundo. Y la lista de diferencias innatas entre los sexos sigue y sigue…

 
Asumiendo que toda la raza humana no ha nacido en una situación inherentemente injusta, parecería que nuestro Creador no cree necesario que todos hagan lo mismo para ser iguales.


 
Lo que haces no es lo que te hace valer
A lo largo de esas mismas líneas, había comenzado a cuestionarme la persuasiva y moderna idea de que lo que tú haces es lo que tú vales. En las reuniones sociales, la primera pregunta que hacemos a alguien que conocemos es «¿A qué te dedicas?». A los niños les preguntamos «¿Qué vas a hacer cuando seas grande?». Uno de los resultados de esta idea es que nosotros, como sociedad, decidimos que si las mujeres no hacen toda y cada una de las cosas que los hombres hacen, la única posible explicación tiene que ser que ellas están siendo menos valoradas –y ser excluidas de realizar ciertas actividades significa que sus opciones de alcanzar un cumplimiento completo como seres humanos es limitado. Cuanto más consideraba esto, tano más me golpeaba como una visión tristemente utilitarista. Comencé a pensar que es posible creer que los hombres no serán buenos consultores en lactancia, las mujeres no serán buenos combatientes de la guerra de guerrillas, etc., sin que eso sea un comentario sobre el valor intrínseco de un sexo sobre el otro.

Dios se hizo hombre
Como un extraño que busca en esta religión, no podía entender cómo alguien pudiese creer que el Cristianismo es verdadero y, al mismo tiempo, cuestionarse el hecho de que Dios ve dos sexos con diferentes roles cada uno. Cuando Dios asumió nuestra carne humana, lo hizo como hombre. Podría haber bajado como mujer, como un equipo de hermanos y hermanas, o como un ser asexuado. Pero no lo hizo. Si quieres rechazar el Cristianismo como falso, eso es una cosa; pero si aceptas a Jesucristo como Dios Encarnado, parece que también tienes que aceptar que Dios ve que el sexo masculino tiene un rol especial en este mundo.
Jesús escogió hombres para ser sus apóstoles
Pedro, Andrés, Santiago, Santiago, Juan, Felipe, Tomás, Mateo, Bartolomé, Tadeo, Simón y Judas: esos son los nombres de las doce personas que Cristo llamó personalmente para ser sus apóstoles. Todos son hombres. El hecho de que Dios no sólo viniese como hombre, sino que incluso llamó solamente hombres para ser sus apóstoles (a pesar del hecho de que también estuvo cercano a muchas mujeres), fue una confirmación definitiva del hecho obvio de que Dios tiene un plan especial para el sexo masculino.

Dios nos dio a María
Y entonces, ¿dónde deja todo esto a las mujeres? ¿Acaso Dios no ve para nosotras un rol especial también? ¿Se olvidó de nosotras? Con honestidad, también tuve esos pensamientos cuando empecé a buscar sobre el Cristianismo, y fue un rollo. Las únicas ramas de cristianismo del que tenía experiencia eran algunas denominaciones del protestantismo sureño [en Estados Unidos] y me golpeó el hecho de que eran espiritualidades centradas en el hombre. Jesús era hombre, sus apóstoles eran hombres, todos los predicadores locales eran hombres. ¿Dónde entraban las mujeres en toda esta religión? ¿Acaso Dios dejaba fuera, en el frío, a todo un sexo en su totalidad?
Una vez que descubrí el Catolicismo, una de las muchas cosas que me sorprendieron de sus enseñanzas fue el énfasis en María. Tenía mucho sentido que Dios diera a una mujer un rol crítico dentro de su plan, alguien que pudiese servir como ejemplo de perfecta santidad femenina –y tenía sentido que su verdadera Iglesia lo entendiera así y celebrase este hecho.

Y así, cuando me topé con la doctrina del sacerdocio masculino, todas estas ideas hicieron que la defensa oficial de la Iglesia de su posición sonasen auténticas. De hecho, hubiese sido escéptica de las doctrinas católicas si no me hubiesen enseñado que es una labor para hombres –sólo para hombres– llevar adelante el rol que Dios empezó cuando él mismo se hizo hombre.


domingo, 22 de julio de 2012

Las falsas promesas del amor romántico...

Laura Rios
Autor: Almas.mex

Seré una persona realizada y completa si estoy enamorado....
«Yo no soy yo si no te tengo a ti» es una afirmación que equipara mi identidad con lo que poseo, o gano, o por lo que compito, o hago, o consumo, no con lo que soy. La demanda se intensifica si crecimos con el dogma religioso de que cuando Dios nos creó, también creó a otra persona en el mundo sólo para nosotros. Y nuestra tarea en la vida es encontrar a esa persona, ¡mientras que el trabajo de Dios parece ser jugar a las escondidas con esa persona por el mayor tiempo posible!

No sorprende que muchos de nosotros cortamos prácticamente con cualquier otra relación cuando estamos «enamorados» ¿Por qué? Porque ahora tenemos a la persona que nos completará. Es como si dijéramos a la otra persona: «¡Hola suertudo! Tu trabajo por el resto de tu vida será hacerme sentir bien! ». Pareciera que la mayoría de nosotros no tiene relaciones, sino que toma rehenes.


Este mito sólo sirve para contaminar las relaciones. Nuestra sociedad en realidad no se caracteriza por la amistad. Pensamos en los amigos como personas con quiénes pasar tiempo cuando no hay otra cosa mejor qué hacer. Y cuando no tenemos una pareja, buscamos a alguien que llene ese hueco en lugar de ver a la persona por sí misma.


Mi soledad y sensación de aislamiento se aliviarán sólo dentro una relación romántica con otra persona.
Esta es, por mucho, una verdad a medias. Cierto que somos creaturas que tendemos a la relación, pero a lo largo de nuestra vida establecemos relaciones donde experimentamos no sólo la cercanía, sino también la soledad. Ambos aspectos son inevitables.


En secreto esperamos que un vínculo romántico nos libere del malestar, y por eso pedimos «¡Rescátame por favor!». Sin embargo, el fluir de las relaciones se basa en realidad en la aceptación de que todos estamos fundamentalmente solos, y al compartir con otros no podemos dejar de lado nuestra propia soledad. No se anula ni se niega. Hemos de mirarla como un don, y no como una condena.


El vínculo con otra persona resolverá mis ansiedades, mi neurosis, mis traumas.Y entonces decidimos casarnos jóvenes para escapar de un hogar infeliz. Buscamos relaciones para encontrar a alguien que nos escuche y a quien importarle. Nos sumergimos en historias de amor, esperando que la mujer/hombre de nuestra vida venga a rescatarnos. Transferimos todo nuestro «enamoramiento» en nuestros hijos, o amigos, proyectando en esa persona el poder para rescatarnos de nuestro drama humano, esperando que nos lleve sobre sus hombros hacia una vida más satisfactoria.


La intimidad se equipara con sexo. Y de hecho con frecuencia intercambiamos las palabras.


Cuando preguntamos a alguien sobre cómo va su relación podría respondernos, «Va bien, pero todavía no hemos tenido intimidad». Traducción: «Todavía no hemos tenido relaciones sexuales».


La implicación de esto es doble: primero, asumimos que la intimidad se respalda por cierto nivel de actividad genital. Lo cual facilita nuestra tarea, porque si la intimidad equivale a genitalidad, todo se reduciría a un simple manual de «cómo, cuándo y dónde», convirtiéndonos en técnicos en lugar de personas que quieren relacionarse. De hecho la genitalidad es una expresión, ya sea positiva o negativa, de nuestro deseo y necesidad de cercanía, pero eso no significa en absoluto que podamos equiparar la intimidad con comportamientos sexuales específicos. Es este modo de pensar el que conduce a la segunda idea, esto es, que la intimidad sólo es posible con una persona del sexo opuesto, mediante un cierto vínculo romántico.Y como desconocemos el lenguaje de las relaciones, entonces usamos el sexo.


Ahora la ecuación está completa: la intimidad es igual a romance más una buena dosis de sexo. De esta manera, la intimidad es relegada a aquellos momentos de contacto genital. Esto puede resultar placentero, pero no verdadero. Irónicamente, es más fácil despojarnos de nuestras ropas que despojarnos de nuestras máscaras. Es más fácil entregar nuestro cuerpo que entregar nuestro corazón.


Ante esta falacia, es fácil entender por qué en nuestra cultura sexualmente bombardeada es tan difícil hablar de relaciones cercanas entre personas del mismo sexo sin alusiones homofóbicas. Una vez más, la amistad es relegada en favor de la genitalidad.


La consecuencia es un enfoque de la vida en dónde cosificamos a las personas. C.S. Lewis dijo una vez que cuando un hombre dice que quiere una «buena mujer», en realidad no quiere a una mujer que sea «buena», más bien busca una «buena experiencia», en donde la mujer pasa a ser un instrumento.
Hemos perdido de vista que la sexualidad es mucho más de lo que hacemos con nuestros genitales. Nuestra sexualidad puede ser un medio para manifestar y expresar, o bien para esconder y disfrazar. Esta es la cultura, afirma Rollo May, en que «hemos retirado la hoja de parra de nuestros genitales para ponerla sobre nuestros rostros».


La intimidad está «allá afuera», en algún lugar, es otra forma de ser víctima, pues se asume que algo o alguien nos puede «hacer» cercanos, así como damos por hecho que alguien nos puede «hacer» enojar.
Algún día.. cuando llegue la persona adecuada… cuando se den las circunstancias correctas… cuando resuelva mi vida, entonces podré sentir la «cercanía». Y esperamos, y esperamos, y mientras tanto vivimos con el eterno «si tan solo…»:
Si tan sólo le importara a alguien.
Si tan sólo no me hubieran lastimado tantas veces en el pasado.
Si tan sólo pudiera resolver mis problemas actuales.
Si tan sólo mis padres no fueran tan neuróticos.
Si tan sólo ella(él) supiera lo que se está perdiendo.
Si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás.
Si tan sólo tuviera un poco más de tiempo.
Si tan sólo mis hijos estuvieran (o ya no estuvieran) en casa.
Si tan sólo mi padre no hubiera bebido tanto.
Si tan sólo no hubiera causado que mi padre nos abandonara.


Tal parece que la realización es siempre algo que sólo los demás tienen, algo que está a la vuelta de la esquina, y esperamos que aquello mejor por fin llegue, aún que tengamos que intercambiar lo que tenemos por algo que pensamos que deberíamos tener.


Somos la generación del «¿quién dice que no se puede tenerlo todo?» Y esperamos a encontrar el compromiso perfecto, el trabajo perfecto, la casa perfecta, las vacaciones perfectas, la cita perfecta, el hijo perfecto, el amor perfecto, el amigo perfecto, el Seminario perfecto… y así nos pasamos la vida, preparándonos indefinidamente para vivir.


Una historia de Robert Hutchings llamada «La Estación» resulta muy ilustrativo:
En el fondo de nuestro inconsciente hay una visión idílica. Nos vemos en un viaje por tren a lo largo de todo el continente. Por las ventamos bebemos el paisaje de autos que circulan por la carretera, de niños que saludan en un crucero, de un rebaño pastando en una colina cercana, de humo saliendo de una fábrica, de filas de maíz y de trigo en un sembradío, de planicies y valles, de montañas, de rascacielos citadinos y de plazas de pueblos pequeños.


Pero lo principal en nuestra mente es el punto de destino. Un cierto día, a determinada hora llegaremos por fin a la estación. Seremos recibidos con una banda de música y banderas ondeantes. Una vez allí se cumplirán todos nuestros sueños, y las piezas de nuestra vida se acomodarán como en un complicado rompecabezas. Con cuánta ansiedad recorremos los pasillos, renegando de los minutos que faltan, esperando, esperando por llegar a la estación.
«Cuando lleguemos a la estación… ¡eso será todo! Cuando cumpla 18… cuando me pueda comprar un Mercedes Benz… cuando mi último hijo salga de la universidad… cuando termine de pagar la hipoteca… cuando consiga un ascenso… cuando me jubile… ¡entonces podré ser feliz para siempre!».
Tarde o temprano hemos de darnos cuenta de que no existe tal estación. No hay un lugar al cual lleguemos de una vez y para siempre. La verdadera alegría de la vida es el viaje en sí, la estación es sólo un sueño que constantemente se aleja de nosotros. Porque no son las cargas del día de hoy lo que desquicia a las personas, sino el arrepentimiento del pasado y el temor al futuro. Arrepentimiento y miedo son los ladrones que nos roban el presente.


Así que deja de pasear en los pasillos contando cuánto falta. Mejor sube a más montañas, come más helado, camina descalzo más veces, nada en más ríos, contempla más atardeceres, sonríe más… La vida se vive a lo largo del camino, la estación llegará cuando tenga que llegar.


La Estación, de Robert J. Hutchings


Lo que cada imitación de la intimidad nos dice es que, de algún modo, nosotros o nuestra vida no es lo suficientemente buena como está ahora. Así que invertimos toda nuestra energía en tratar de completar el vacío. Estamos tan obsesionados con aquello que nos falta, que intentamos forzar a algo o a alguien para llenar el hueco. No podemos, por tanto, vernos a nosotros mismos como un todo, sino más bien como un gran agujero que necesita ser llenado.


Y no importa lo que usemos: romance, sexo, euforia, por supuesto nada es suficiente.


Nuestro viaje hacia las relaciones será el proceso continuo de enfrentar las falsas imitaciones y desenmascararlas. De despojarnos de nuestro papel de víctimas. De aprender a encarar y aceptar la vida como es. Nadie dijo que el proceso sería divertido, o fácil, o libre de frustración y dolor.


Vínculos y relaciones cercanas… un viaje que nos costará perder la ingenuidad, algunas idealizaciones, y la certidumbre. De algún modo habíamos esperado que fuera diferente. Pero la intimidad no es una posesión. Es un viaje. No es el lugar a dónde llegamos, sino la dirección en la que vamos.


Adaptado por: Laura Ríos