Mensaje del Papa Francisco a los Seminaristas, Novicios...

En la Jornada Mundial de los Seminaristas, Novicios y Novicias y todos los que están en camino vocacional, Julio del 2013

“Id y haced discípulos a todos los pueblos” JMJ Rio 2013.

Del 23 al 28 de julio se realizará la JMJ Rio 2013. ¿Seminarista qué sabes de las JMJ? Te ofrecemos un análisis de las JMJ

Card. Bergoglio: La formación del presbítero hoy

¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?

La Eucaristía centro de vida de un seminario y de un seminarista

Sin esta centralidad eucarística orante, que supera cualquier otro medio formativo, no hay auténtica formación sacerdotal

Crisis de vocaciones, o ¿crisis vocacional?

Hay más que una crisis de vocaciones, una crisis de fe, «que va en detrimento no sólo de la vida sacerdotal o religiosa, sino de la...

¿De dónde vienen los seminaristas?

A los monaguillos les resulta fácil conocer la figura del sacerdote y del seminario. Casi todos los que hoy son curas, fueron un día monaguillos...

lunes, 8 de octubre de 2012

¿Ya leíste la Carta Porta fidei? Aquí tienes 25 frases que resumen la Carta!!!

Por Luis Alva

Estimado seminarista, estamos en un tiempo grato para la Iglesia. En 3 días inicia el "Año de la fe" convocado por el Santo Padre Benedicto XVI en la "Carta Porta fidei", en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. Para tan grande acontecimiento es necesario leer la Carta, para entrar en contacto y desde la oración hacer nuestra la propuesta del Papa. Sé de tu tiempo limitado, por eso te ofrecemos 25 frases que resumen a la Carta Porta fidei.. Tomado de Revista Eclessia.
 
 
 1.«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre


2.- Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

3.- Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

4.- Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.


Vigencia y valor del Concilio Vaticano II

5- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

La renovación de la Iglesia es cuestión de fe

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

7.- En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.

La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente

10.- Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

12.- No podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.

La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica

13. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.

14.- Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

15.- En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

16. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.

17.- Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

18.- La fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

Recorrer y reactualizar la historia de la fe

19. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

20.- Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe

21.-. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).

22.- La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe

23.- Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

24.- «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

25.- Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
 
Sé que después de leer éste resumen, te animarás a leer la Carta completa, La leo completa!!


sábado, 6 de octubre de 2012

Las personas despedidas o que libremente han dejado el Seminario o Casa de formación

CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA.
 
Es contrario a las normas de la Iglesia admitir en el Seminario o en una Casa de formación personas ya salidas o, con mayor razón, despedidas de otros Seminarios o Casas de formación, sin recabar antes las debidas informaciones de sus respectivos Obispos o Superiores Mayores, sobre todo, acerca de las causas de la expulsión o de la salida.

Es un deber primordial de los anteriores formadores aportar informaciones exactas a los nuevos formadores.
 
Se ha de prestar particular atención al hecho que, a menudo, los candidatos dejan la institución educativa por propia voluntad para prevenir así una despedida forzada.

En el caso del paso a otro Seminario o Casa de formación, el candidato debe informar a los nuevos formadores sobre la consulta psicológica efectuada anteriormente. Sólo con el libre consentimiento escrito del candidato, los nuevos formadores podrán tener acceso a las informaciones del psicólogo que había realizado la consulta.

Cuando se considere la posibilidad de acoger en el Seminario a un candidato que, después de ser despedido precedentemente, se ha sometido a un tratamiento psicológico, se verifique antes con seguridad, en cuanto sea posible, su condición psíquica, recabando entre otras cosas, y sólo después de haber obtenido su libre consentimiento escrito, las debidas informaciones ante el psicólogo que lo ha acompañado.

En el caso que un candidato pida el paso a otro Seminario o Casa de formación, después de haberse remitido a un psicólogo, sin querer aceptar que el examen pericial esté a disposición de los nuevos formadores, se tenga presente que la idoneidad del candidato debe ser probada con argumentos positivos, a norma del citado can. 1052, y por lo tanto, debe ser excluida toda duda razonable para proceder a su admisión[1].

 

 

 

 



[1] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA. Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio, 2008. N° 16.


viernes, 5 de octubre de 2012

¿La psicología puede ayudar a detectar y curar una posible tendencia homosexual?

Por Luis Alva
 
 

Hace días publiqué un tema titulado “Homosexualidad y vocación”, y la gran sorpresa de esta publicación fueron los comentarios (mediante correos electrónicos) recibidos por ello. Comentarios que denotan incomodidad, yo diría malestar, por la presencia (según ellos) de algunas personas con “tendencias homosexuales” en la Iglesia. Todos estos comentarios fueron hechos por seminaristas y se referían concretamente a sacerdotes. Para finalizar esta semana de reflexión acerca de la psicología y formación sacerdotal, presento un estudio de “forma literal” (dado que es una reflexión muy personal) del padre Juan José Rubio, publicado en la Revista Seminarios. Dirigido a formadores, pero que los seminaristas deberían saber. Titulado: Un problema importante a abordar hoy, y en el futuro[1].

Nos encontramos ante un tema muy delicado, al mismo tiempo urgente respecto al discernimiento de la idoneidad de los candidatos. Se trata de la identidad sexual, de la homosexualidad. El carácter de urgencia nos remite a los últimos acontecimientos que en algunas latitudes han saltado con escándalo y que el Papa ha abordado con fuerza y misericordia. Delicado, por la gran dificultad de hablar sobre el tema personal, por parte del formador y más por parte del formando.

Sabemos que los test psicológicos actuales, no son capaces de detectar una homosexualidad precisa y concreta, pero si se pueden detectar algún indicio sobre la identidad sexual de la persona y detectar sus probables patologías, como algún tipo de conflicto con la auto-imagen masculina, la orientación de la sexualidad, la identidad sexual confusa o aún no bien definida. Esto tenderá a desaparecer  en los test incluso en la consideración de los futuros terapeutas. Esto es muy peligroso, ya que el problema se puede extender en nuestros ambientes de formación. Es preciso encararlo con decisión y delicadeza, ¡nunca dejarlo pasar!

La homosexualidad, fuera de la genética, en muchos casos, creo que no es una patología incurable, ya que es más un problema de identidad sexual, pero hay que tomarlo con seriedad, y aceptar el recurso a una terapia psicológica, con el acompañamiento cercano del formador o del director espiritual.

Mi opinión, y según mi experiencia, la terapia necesaria para sanar este tipo de problemas, que la debe hacer un profesional, se tiene que detectar y tratar antes de admitirlo al Seminario. Si se detecta en el proceso de la formación, la terapia creo que no se pueden llevar a cabo en el Seminario. Digo esto, porque el ambiente de convivencia es próxima, un tanto cerrada y unisexual el Seminario, no es el más propicio como ambiente de apoyo, para una terapia. Además, el discernimiento vocacional, por una parte, y la resolución de la identidad sexual, por otra, tienen suficiente entidad como para captar la atención de toda la persona. Y si el terapeuta no vive en el Seminario, podría tener inconvenientes a la hora de salir para salir a las anetrevistas.

De todas formas, a esta terapia (por parte del profesional) y acompañamiento (por parte del formador - director espiritual), hay (uno de integración y otro de consolidación), dependiendo del proceso. En esto, no hay que tener prisa.

Una vez terminada la terapia, el equipo tendrá que discernir si es llamado por el Señor al sacerdocio o a otro estado de vida.

Muy importante en toda la formación la transparencia y la confianza del candidato con el formador, pero especialmente en esta materia. Para esto, es gran importancia la actitud de respeto y delicadeza por parte del formador; es la manera como el candidato podrá abrirse, sabiendo que en lo que habla, no va a ser juzgado sino acompañado.

Es un aspecto que necesitaría más tiempo para poder profundizarlo y no sólo la consideración de sanar una posible homosexualidad, sino la ayuda a un crecimiento en virilidad, partiendo de una sana aceptación (sin machismo) de esta dimensión constitutiva del que ha nacido varó. El sacerdote célibe como modo de ejercicio de la virilidad, rasgos, modos de crecer en ella; de acompañar. Creo que sería bueno abordar todo esto algún día con más detenimiento.

 



[1] Juan José RUBIO, «El lugar del acompañamiento psicológico en el proceso de formación en el seminario mayor», en Seminarios 54/189-190 (2008) pp. 204-206.


jueves, 4 de octubre de 2012

Psicología y formación sacerdotal: relación y límites

Por Luis Alva

Después de analizar el “por qué”,  el “para qué” y el “cómo” del examen-acompañamiento psicológico, no cabe duda de la grande ayuda que aporta la buena psicología a la formación del Seminarista. Sin embargo, los que nos dedicamos  a la formación tenemos que estar atentos para no caer en el “psicologismo”. Los  formadores pueden ayudarse de la psicología, pero no pueden nunca ser sustituida por ella, son dos ámbitos diversos, si bien ambos tienden a buscar el bien de la persona. No olviden los seminaristas que los grandes problemas del hombre a veces son curados desde la fe,  de rodillas delante del santísimo.
 

Relación entre la formación y la psicología

El auxilio de la psicología debe integrarse en el cuadro de la formación global del candidato. Existen consonancias, por ejemplo: tienen un objetivo común: el bien de la persona, su integración. La psicología en su nivel, el formador dándole un eje en el que integrar su totalidad como persona vocacionada, la configuración con Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor. Un campo de observación  coincidente. La experiencia completa del individuo, y más el formador, que vive diariamente con él. Existen diferencias entre la formación personal y la ayuda psicológica. La perspectiva de la madurez tiene amplitud diversas (el techo de la psicología es bajo). La percepción del campo de observación es diversa. La hermenéutica espiritual y psicológica del fenómeno tiene sus diferencias, por Ej. La desolación, desde el punto de vista espiritual (S. Ignacio) y desde la psicología, la soledad, el afecto, perfección, santidad, el aquí y ahora y el kairos, etc. La estructura es distinta. La psicología se detiene en la relación entre el terapeuta y el cliente. El formador, y el seminarista, contemplan además la acción del Espíritu, y sin que sean contrapuestas.

Límites de la psicología en la formación

La psicología tiene también sus límites. Por los problemas derivados de algunas psicologías que interpretan mal hecho religioso como factor humanizador. Los límites de la psicología, dependen de la antropología en la que esté basada. Esto hace, por ejemplo, que sea individualista, centrada en el exclusivo bien del individuo cerrado en sí mismo. La interpretación incorrecta de algunas escuelas del hecho religioso. El pesimismo de una psicología que considera frustrante cada límite puesto por la moral, la ascética, etc.

De una formación de corte excesivamente psicológico, se derivan problemas, como:

La comprensión del desarrollo de la fe partiendo de las fases antropológicas. Como si  el encuentro con Cristo fuera el resultado de un proceso de maduración psicológica. El abandono de algunos elementos básicos del crecimiento cristiano: la oración, la ascesis. Por algunos esquemas terapéuticos rígidos que tienden a homologar el proceso personal a esquemas pre-establecidos, forzando a la persona a encajar en ellos. Po recurrir a interpretaciones psicológicas de algunas enfermedades espirituales, por ejemplo, desolación-depresión, culpa-culpabilidad, soledad solitariedad (en PDV 74).

Los formadores tienen que tener en cuenta que:

La psicología, a pesar de las ayudas que puede dar al formador, nunca podrá sustituir el trabajo que el formador debe realizar. Mientras que el acompañamiento, es un camino en la fe en donde el formador ayuda al joven a responder a la llamada de Dios y discernir su vocación al sacerdocio, el saber psicológico (examen-acompañamiento), le dará luz para conocer, aceptar e integrar el aspecto humano, desde la fe, en la respuesta a su vocación. No hay que caer ni en un fideísmo, ni en absolutizar la ciencia psicológica, como si fuese una solución a todos los problemas formativos. Ser conscientes, que lo que pueda descubrir a través de la psicología no debe tener un carácter definitivo. De lo contrario, podemos caer en un reducir la vocación a una serie de factores humanos, dejando a un lado la acción de la gracia y la libertad del candidato. Puede ser de grande ayuda pero ni es un recurso omnímodo, ni puede ser el centro del discernimiento. No es de recibido el que un formador diga: el psicólogo dice fulanito puede ordenarse. No podemos dejar en manos del psicólogo un discernimiento que no corresponda a su papel. Que esto quede claro[1].



[1] Cf. Juan José RUBIO, «El lugar del acompañamiento psicológico en el proceso de formación en el seminario mayor», en Seminarios 54/189-190 (2008) 198-203.


miércoles, 3 de octubre de 2012

El "cómo" del examen-acompañamiento psicológico en los Seminaristas

Por Luis Alva
 
Vistos el "Por qué" y el "Para qué", presentamos, en forma de preguntas y respuestas,  el "Cómo" del examen-acompañamiento psicológico en los Seminaristas. Ésta información es necesaria que todo seminarista tenga en cuenta desde la hora de ser consultado para la realización del examen-acompañamiento, hasta la etapa final del proceso-terapia. Para profundizar el "cómo" es preciso tener contacto directo con el documento Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y formación de los candidatos al sacerdocio
 
 
 
¿Cuáles son las cualidades que se tienen en cuenta para la elección de los psicólogos?
En la elección de los psicólogos…, además de su madurez humana y espiritual, deben inspirarse en una antropología que comparta abiertamente la concepción cristiana sobre la persona humana, la sexualidad, la vocación al sacerdocio y al celibato…, según la visión de la Iglesia.
¿En que etapa se debe recurrir a la ayuda de la psicología?
Principalmente en la fase del discernimiento inicial, la ayuda de los psicólogos puede ser necesario sobre todo a nivel de diagnóstico en los casos que tuviera la duda sobre la existencia de disturbios psíquicos. Si se constata la necesidad de una terapia, debería ser actuada antes de la admisión al Seminario o a la Casa de formación. También en el período de la formación, el recurso a los psicólogos, además de responder a las necesidades generadas por eventuales crisis, puede ser útil para apoyar al candidato en su camino hacia una más firme apropiación de las virtudes morales; puede apoyar al candidato un conocimiento más profundo de la propia personalidad y puede contribuir a superar, o a hacer menos rígidas, las resistencias psíquicas a las propuestas formativas.
¿El seminarista puede elegir al psicólogo?
Sí. El candidato podrá dirigirse libremente, ya sea a un psicólogo elegido entre aquellos indicados por los formadores, o bien a uno elegido por é mismo y aceptado por aquellos. Según las posibilidades, debería quedar garantizada a los candidatos una libre elección entre varios psicólogos que tengan requisitos indicados.
¿Sólo basta un examen y una entrevista con el psicólogo?
Para una correcta valoración de la personalidad del candidato, el psicólogo podrá recurrir tanto a entrevistas, como a tests, que se han de realizar siempre con el previo, explícito, informado y libre consentimiento del candidato[1].
¿Qué pasa si el seminarista a pesar del apoyo del psicólogo y de las terapias manifiesta sus graves problemas de inmadurez?
El camino formativo deberá ser interrumpido en el caso que el candidato, no obstante su esfuerzo, el apoyo del psicólogo o de la psico-terapia, continuase a manifestar incapacidad de afrontar de manera realista, aun teniendo en cuenta la gradualidad del crecimiento humano, sus graves problemas de inmadurez (fuertes dependencias afectivas, notable carencia de libertad en las relaciones, excesiva rigidez de carácter, falta de lealtad, identidad sexual incierta, tendencias homosexuales fuertemente radicadas, etc.). Lo mismo debe valer también en el caso que resultase evidente la dificultad de vivir la castidad en el celibato, soportado como una obligación tan gravosa que podría comprometer el equilibrio afectivo y relacional.
¿Los formadores pueden hacer uso de la información, es decir, del resultado de la consulta psicológica?
Con espíritu de confianza recíproca y de colaboración en su propia formación, el candidato podrá ser invitado a dar libremente su propio consentimiento escrito para que el psicólogo, obligado al secreto profesional, pueda comunicar los resultados de la consulta a los formadores, indicados por el mismo candidato. Los formadores se servirán de las informaciones, adquiridas en tal modo, para elaborar un cuadro general de la personalidad del candidato y también para extraer las oportunas indicaciones en vista de su ulterior camino formativo o de la admisión a la Ordenación. A fin de proteger, en el presente y en el futuro, la intimidad y la buena fama del candidato se preste particular atención a que el parecer profesional, expresado por el psicólogo sea accesible exclusivamente a los responsables de la formación, con la precisa y vinculante prohibición de hacer uso ajeno a aquel que es propio del discernimiento vocacional y de la formación del candidato.
¿El padre director espiritual puede pedir al seminarista una consulta psicológica?
En el caso de una petición de consulta psicológica por parte del padre espiritual, es de desear que el candidato, además de informar al padre espiritual de los resultados de la consulta, informe también al formador de fuero externo, especialmente si el mismo padre espiritual le hubiera invitado a ello.
¿El psicólogo puede formar parte del equipo de formadores?
No. Es útil que el Rector y los demás formadores puedan contar con la colaboración de psicólogos, que, en todo caso, no pueden formar parte del equipo de formadores.
¿Los formadores pueden hacer uso de técnicas psicológicas o psicoterapéuticas?
No. Considerado el carácter particularmente delicado del asunto, se deberá evitar el uso de técnicas psicológicas o terapéuticas especializadas por parte de los formadores.
¿Qué pasa si el seminarista rehúsa al mandato de realizar el examen?
En el caso de que el candidato, ante una petición formulada por parte de los formadores, rechazase acceder a una consulta psicológica, ellos no forzarán de ningún modo su voluntad y procederán prudentemente en la obra de discernimiento con los conocimientos que dispongan, teniendo en cuenta el c. 1052 § 1.
 
 






[1]Cf. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, Instrucción sobre la actualización de la formación para la vida religiosa, n 11, 113.


martes, 2 de octubre de 2012

El "para qué" del examen-acompañamiento psicológico en los Seminaristas

Por Luis Alva



En el artículo anterior señalábamos dos razones del “por qué” el examen-acompañamiento psicológico en los seminaristas, la primera una exigencia por parte de la Iglesia, y la segunda una necesidad por parte de algunos jóvenes que ingresan a los seminarios. Sabidos de esto, nos queda saber el “para qué”, es decir, ¿Qué ayuda puede aportar la psicología al discernimiento y a la formación?  
 

En cuanto fruto de un particular de Dios, la vocación al sacerdocio y su discernimiento escapan estricta competencia de la psicología. Sin embargo, para una valoración más segura de la situación psíquica del candidato, de sus aptitudes humanas para responder a la llamada divina, y para una ulterior ayuda en su crecimiento humano, en algunos casos puede ser útil el recurso del psicólogo.  

Primeramente el psicólogo –en cuanto ha sido solicitado – ayudará al candidato a alcanzar un mayor conocimiento de sí mismo, de sus propias potencialidades y de su vulnerabilidad. Lo ayudará también a confrontar los ideales vocacionales proclamados por la Iglesia con su personalidad, a fin de estimular una adhesión personal, libre y consciente a la propia formación. Será tarea del psicólogo ofrecer al candidato las oportunas indicaciones sobre las dificultades que é esta experimentando y sobre las posibles consecuencias para su vida y para su futuro ministerio sacerdotal[1].

En segundo lugar, el psicólogo puede ayudar a saber mirar y escuchar. En la vida diaria con los seminaristas, vemos acontecimientos, gestos, modos, formas, etc., pero no basta con ver, hay que saber mirar, es decir ver lo que hay detrás, de donde proceden, qué significan para el individuo, sus coherencias e incoherencias, si va o no acompañada por gestos y de qué tipo etc., no basta con ver. Oímos también muchas palabras que dicen y nos dicen, pero hay que saber desde dónde lo dicen, qué significado tiene para la persona, qué sentimientos acompañan, qué quieren decir incluso sus silencios, su forma de expresar, etc. No basta oír.

La psicología ayuda a descubrir la estructura y la dinámica interna de los diversos componentes (consciente, latente, inconsciente) y niveles (físicos-social-racional) del yo, con sus consistencias e inconsistencias, de la persona. A acoger la lógica interna de las potencialidades y actividades del sujeto (sentimientos, deseos, imaginaciones, decisiones, etc.) en el contexto de un universo subjetivo. A la percepción e importancia de los sentimientos. A ver signos de seguridad o inseguridad, de afectividad oblativa o captativa. Descubrir posible rigidez en la personalidad. A detectar conductas extrañas.

Le ayuda a captar el proceso de maduración de la persona en su devenir. El proceso de maduración es un continuum. Pone atención cada vez más a los pasos del crecimiento del individuo. La importancia que tiene la historia e la persona y su proceso así como conocer el ámbito de donde proviene, su contexto cultural, su antes, así como su futuro, el ámbito en el que desarrollará su apostolado, su después. El tener en cuenta el proceso evolutivo concreto de la persona. Puede aportar conocimientos sobre las motivaciones. Conociéndolas, el formador se dará cuenta de cuáles son las razones por las que el joven quiere seguir el sacerdocio. Aquí la psicología puede ayudar a descubrir motivaciones inconscientes, o latentes, que influyen a la hora de tomar una decisión y evaluar su grado de libertad. Además puede señalar dependencias y auto-engaños, compensaciones, huidas de una realidad asumida. A dar pautas para la formación humana (PDV 43, 72) y la maduración afectiva (y su importancia, en PDV 44).

Le ayuda a evitar falsas espiritualizaciones, que pueden complicar la solución del problema, al no querer enfrentar un problema que se da en el plano humano. Puede ayudar de forma específica en lo que se refiere a las disposiciones y aptitudes humanas del candidato. De otro modo,  la psicología puede ser un instrumento para conocer signos o señales de algunas patologías que podrían ser obstáculo o impedimento para la vida sacerdotal. Ayudan también a descubrir otras señales de patologías que, mediante una ayuda adecuada, no impiden acceder al sacerdocio[2].

Sin embargo, la psicología es un método natural, resultando inadecuado para discernir la vocación sobrenatural. Las ciencias humanas pueden resultar sumamente útiles para trabajar la parte humana que debe acoger la gracia sobrenatural de la vocación, pero no pueden volverse nunca en criterio último de discernimiento vocacional[3].







[1] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA. Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio, 2008.


[2]   Cf. Juan José RUBIO, «El lugar del acompañamiento psicológico en el proceso de formación en el seminario mayor», en Seminarios 54/189-190 (2008) 198-203.


[3] Mauro, Piacenza. «Retos de la formación sacerdotal hoy», En Seminarios, LIV/189-190 2008, p. 22.


lunes, 1 de octubre de 2012

El "por qué" del examen-acompañamiento psicológico en los Seminaristas

Por Luis Alva

Al iniciar la teología, mis formadores me indicaron que tenía que realizar el examen psicológico, al principio me incomodó tal decisión, me pareció falta de confianza hacia mi persona, por otra parte, sentí un poco de temor, dado que nunca había realizado un examen de ese tipo. Pero al mismo tiempo, me sentía seguro, con capacidad de poder realizar aquél examen y con certeza que todo saldría bien. Realizado el examen, vino la entrevista con la psicóloga, y no era necesaria ya otra cita. Supongo que todo salió bien, ya que nunca vi el resultado, imagino que quedaron en manos de los formadores. Después de está experiencia he querido recurrir a los documentos del Magisterio para identificar el “por qué” el “para qué” y el “cómo” del exámen psicológico que los seminaristas “deben” realizar.
 
Encuentro dos razones fundamentales que dan respuesta a tal interrogante planteado en el título de este escrito. La primera es una exigencia y la segunda una necesidad. Respecto a la exigencia. Corresponde a la Iglesia elegir las personas que considera adecuados al ministerio pastoral. Además, es su derecho y deber verificar la presencia de las cualidades exigidas en aquellos que ella admite al ministerio sagrado (Cf. Cann. 1025, 1051, 1052). El canon 1051 prevé que para ele escrutinio de las cualidades exigidas en vista a la ordenación se proceda, entre otras cosas, a la investigación sobre el estado de salud física y psíquica del candidato (Cf. cann. 1029, 1031 1 y 1041,1).  De aquí se deriva que la Iglesia tiene el derecho de verificar, también con el recurso de la ciencia médica y psicológica, la idoneidad de los futuros presbíteros. El candidato al presbiterado no puede imponer sus condiciones personales, sino que debe aceptar con humildad y agradecimiento las normas y las condiciones que la Iglesia misma, en cumplimiento de su parte de responsabilidad establece (Cf. PDV 35).
 
Por otra parte, muchos de los que hoy piden entrar en el seminario reflejan, en modo más o menos acentuado, los inconvenientes de una emergente mentalidad caracterizada por el consumismo, por la inestabilidad en las relaciones familiares y sociales, por el relativismo moral, por visiones equivocadas de la sexualidad, por la precariedad de la sexualidad, por la precariedad de las opciones, por una sistemática obra de negación de los valores, sobre todo, por parte de los medios de comunicación. Entre los candidatos se puede encontrar algunos que provienen de experiencias peculiares –humanas, familiares, profesionales, intelectuales, afectivas- que en distinto modo han dejado heridas todavía no sanadas y que provocan disturbios que son desconocidos en su real alcance por el mismo candidato y que, a menudo, son atribuidos erróneamente por él mismo a causas externas a su persona, sin tener, de esta forma, la posibilidad de afrontarlos de manera adecuada. En este sentido recobra sentido y necesidad hacer uso de la psicología. Sin embargo, por encima de la psicología está la llamada del Señor y la fuerza de la conversión. Pero muchas veces la persona llamada y con deseo de conversión no tiene las habilidades o capacidades de poder darse en totalidad, no es libre, algo que sin ser él mismo consciente, le esclaviza. En este sentido la psicología nos ayudaría a descubrir esas esclavitudes, cómo afectan a la persona en su respuesta vocacional, y buscar los medios necesarios para integrarlas.
 
Cf. Ángel Pérez Pueyo  (editor), Vocación al sacerdocio y desarrollo persona, CEE, EDICE, Madrid 2010.
Cf. Juan José Rubio, «El lugar del acompañamiento psicológico en el proceso de formación en el seminario mayor», en Seminarios 54/189-190 (2008) 198-203.