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viernes, 28 de septiembre de 2012

¡Obediencia dialogada, pobreza remunerada y castidad acompañada!

Por Luis Alva

Obediencia dialogada

Como seminarista y ahora como diácono, me causa curiosidad la obediencia con adjetivo, es decir, “obediencia dialogada”. Entiendo por esto, que el obispo o el superior tiene que escuchar el “parecer” del sacerdote, religioso o seminarista ante un mandato hecho por éste, y viceversa. Es razonable, oportuno y necesario el diálogo en esta situación. No se obedece “a ciegas”, como también nadie ejerce la autoridad de mandato, del mismo modo. El diálogo es fundamental en cualquier situación donde se dan relaciones humanas, sobre todo en una comunidad donde existe un régimen jerárquico-comunional.
 
El “por qué” y el “para qué” de la obediencia ha quedado más o menos claro cuando en el día de la ordenación el candidato responde: “sí, prometo”, al interrogante: “prometes obediencia a mí y a mis sucesores”, hecha por el obispo. Ahora, el “cómo” de la obediencia ha sido motivo de muchas reflexiones y presupuesto, algunos para recobrar sentido han propuesto nuevas formas de entender a obediencia, y la obediencia dialogada es una de ellas. Dado que los grandes valores en el hombre sacerdote no se improvisan, precisan de una especial formación-atención de seminarista. Respecto a esto, señala el Concilio: con singular cuidado edúqueseles en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo, morir por obediencia al Padre en la cruz (Cf. OT 9).

En esta línea, el Papa Benedicto XI exhortaba a los seminaristas presente en la JMJ en Madrid, a vivir una “obediencia sincera y sin disimulo”. Primeramente, se trata de irse educando en entregar la vida por amor y en obediencia, médula de la identidad sacerdotal. Obedecer al estilo de Jesucristo, que consiste en someterle la propia voluntad en una respuesta desbordante de amor, por amor a él y a los hermanos. La obediencia debe ser activa, creativa, responsable, desbordante; no se debe quedar en el mero cumplimiento farisaico, ni nacer del miedo; no es calculadora, obliga a salir de uno mismo y es fuente de maduración para configurarse y aprender a amar como Cristo. Por último, el vivir en obediencia entregando la propia libertad, reclama del futuro sacerdote una conciencia lúcida sobre sí mismo y una libertad suficientemente purificada de falsas motivaciones y dispuesta a ser vivida en oblación[1].

En este sentido, se precisa redescubrir ciertos valores fundamentales que ayuden a la vivencia de la obediencia. Así como para decir la verdad, se precisa del uso de la libertad, la virtud de la obediencia, precisa de otras virtudes para su plena realización, principalmente la virtud de la disponibilidad, de la entrega, de la humildad, y del desprendimiento. La disponibilidad es el fruto espontáneo y natural del desprendimiento de sí mismo y de las cosas. El desprendimiento de sí engendra la Humildad, virtud de los hombres verdaderos, y el desprendimiento de las cosas, la pobreza, actitud básica de los que siempre confían y esperan, y ambas virtudes, hacen posible la libertad de espíritu al servicio del reino en disponibilidad absoluta e incondicional[2].

Sin duda, que un seminarista disponible (entregado, humilde y desprendido), será en el futuro, un sacerdote obediente. Por esto, en los Seminarios se debe poner especial atención a estas virtudes. Y “entiendan con toda claridad los seminaristas que su destino no es el mandato ni son los honores, sino la entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral” (OT 9). La desobediencia o su equiparado “obediencia a mi manera” es uno de los grandes problemas en los presbiterios diocesanos, desde párrocos que no quieren dejar la parroquia aludiendo a su temporalidad del ejercicio, hasta sacerdotes que se excusan para no ser enviado a comunidades de “misión”. Las consecuencias de esto la reciben los fieles.

Por último, antes que hablar de “obediencia dialogada”, es mejor (mi opinión personal) hablar de obediencia cordial. Nuestra obediencia ha de ser obediencia cordial, no con el fin de un deber, sino por voluntario ofrecimiento. Por lo tanto, hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato, exhortaba Don Manuel Domingo y Sol a sus Operario[3].Y como decía el Papa: “Aprended de Aquel que se definió así mismo como manso y humilde de corazón, despojándoos para ello de todo deseo mundano, de manera que no os busquéis a vosotros mismo, sino que con vuestro comportamiento edifiquéis a vuestros hermanos…”[4].
 
Pobreza remunerada…Muy pronto!


[1] Cf. García, ANDRES, Ser prolongadores de la misión, En: Revista Seminarios, Vol. LVIII/203, 2012, pp. 32-34.
[2]Cf. García, Julio, Disponible, En: Perfil del Operario. Diez rasgos esenciales, pp. 27-28.
[3]Escritos I, 5°, 26.
[4]Benedicto XVI, Homilía en la Misa con los seminaristas de la JMJ en Madrid.


lunes, 24 de septiembre de 2012

El obispo hermano y amigo de los seminaristas

Por Luis Alva
El Concilio afirma respecto a la relación del obispo con los presbíteros, que “el obispo debe considerarlos como hermanos y amigos” (PO 7). Y a partir de esta afirmación conciliar el Papa Juan Pablo II señala que “esto se puede decir por analogía, de cuantos se preparan al sacerdocio” (PDV 65). Interpretando al Papa más o menos quedaría así: El obispo debe considerar a los seminaristas como hermanos y amigos.
 
La hermandad y la amistad se gesta mediante actividades en común, convivencia, gestos espontáneos, pequeños detalles de aprecio, confianza y  cariño, conocimiento recíproco, etc.; sin estas actividades, gestos o detalles, no se dan ni hermandad ni amistad. El título de esta breve reflexión es ambicioso y un poco exagerado, pero mi experiencia de seminarista y ahora trabajando en un seminario me ha hecho ver que los obispos se esfuerzan, a pesar de su tiempo limitado, por compartir con los seminaristas, y de ser amigos y hermanos. Conozco obispos que visitan constantemente a sus seminaristas, comparten encuentros deportivos con sus seminaristas, rezan juntos, hacen retiro juntos, van de misiones juntos, etc.

Ciertamente que todos los seminaristas no tienen esa oportunidad, ni todos los obispos tienen ese gesto con sus seminaristas. En realidad todo obispo debería tener un privilegio y un cariño profundo por el seminario y consecuentemente por sus seminaristas, dado que “el seminario es el corazón de la diócesis” (OT 4), y así es en realidad, porque el corazón es un órgano vital que repercute en todo el cuerpo. Por esto, la importancia del cuidado, la dedicación y sobre todo  el privilegio del obispo por su Seminario.

Juan Pablo II, recomienda dos cosas fundamentales a los obispos, el de “visitarlos constantemente y en cierto modo “esté” con ellos” (PDV 65). De lo primero, no hay duda que todos los obispos visitan a sus seminaristas, desde los que visitan semanalmente y celebran la misa en el seminario, hasta los que visitan el seminario en el día de su aniversario o los de visitas esporádicas. Esto último ocurre mayormente, con los obispos que tienen a sus seminaristas estudiando en un seminario inter diocesano, que mayormente queda en otra ciudad. La figura del obispo en el seminario tiene un valor muy singular, pero “la presencia tiene un valor particular, no sólo porque ayuda a la comunidad del seminario a vivir su inserción en la Iglesia particular y su comunión con el Pastor que la guía, sino también porque autentica y estimula la finalidad pastoral, que constituye lo específico de toda la formación de los aspirantes al sacerdocio” (PDV 65). El significado de una presencia asidua del obispo en el acompañamiento a sus candidatos al sacerdocio está unido fundamentalmente a su responsabilidad de construir, desde el seminario, el presbiterio diocesano, como muy bien lo expresan los documentos del Concilio (LG 28; ChrD 28, 11 y 15; PO 7-8).


Respecto al que “esté con ellos”, “es ya un gran signo de la responsabilidad formativa de éste para con los aspirantes al sacerdocio” (PDV 65). El “estar con ellos”  no significa sólo tener celebraciones litúrgicas o encuentros comunitarios, en la práctica el "estar con ellos"  significa primeramente, un conocimiento personalizado de cada seminarista, mediante entrevistas continuas y personales; un conocimiento de su familia y realidad socio cultural, mediante encuentros con las familias de los seminaristas; un conocimiento cercano de su proceso formativo, mediante las continuas reuniones con los formadores. Un gesto de que “esté con ellos” es por ejemplo, cuando el obispo llama por su nombre al seminarista, cuando comparten algún paseo o espacio o actividad diferente a lo que se vive en la formación, cuando el obispo ocasionalmente invita al seminarista al palacio episcopal, cuando el obispo esta enterado de la salud del seminarista, cuando el obispo conoce el proceso vocacional del seminarista, etc. Sin duda que el crecimiento humano, espiritual y sobre todo vocacional del seminarista depende en gran parte de sus buenas relaciones con las personas con quien convive (formadores) y  sobre todo con las personas a las cuales debe mayor correspondencia, como al obispo que en ese momento se convierte en la figura paterna del seminarista.

Mencionamos las actitudes del obispo para con los seminaristas, ahora ¿Cual es o cual deberían ser las actitudes del seminarista ante el obispo? Dado que ésto permitirá un nuevo tema sólo menciono dos actitudes:

El seminarista guardará un profundo celo por su pastor, demostrado en gesto de amor filial, como la de un hijo hacia su padre.

El seminarista en los  encuentro comunitarios y sobre todo en los encuentros personales, debe abrirse espontáneamente al propio obispo y puede de ese modo comenzar a experimentar la relación con la autoridad episcopal como la relación del hijo con la figura del padre que sabe, puede y quiere ayudarle a realizar la propia vocación.



 


viernes, 14 de septiembre de 2012

Vocaciones sacerdotales para el siglo XXI

Mons. Ángel Rubio 
Publicado por SIC   
 

La historia de toda vocación sacerdotal comienza con un diálogo en el que la iniciativa parte de Dios y la respuesta corresponde al hombre. El don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre son los dos elementos fundamentales de la vocación. Así lo encontramos siempre en las escenas vocacionales descritas en la Sagrada Escritura. Y así continúa a lo largo de la historia de la Iglesia en todas las vocaciones. Las palabras de Jesús a los Apóstoles: «no me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Jn 15, 16) reflejan esa primacía de la gracia de la vocación, de la elección eterna en Cristo (cf., Ef 1, 4-5).
 
La primacía de la gracia, la iniciativa de Dios en la vocación sacerdotal, exige un respeto absoluto en el proceso de discernimiento. Se trata ante todo de un don, de una gracia de Dios. No es un derecho del hombre, ni el resultado de un proyecto personal. Por eso no cabe ningún tipo de manipulaciones que pudieran inclinar la balanza de la decisión en una dirección concreta. También debe quedar excluido todo planteamiento del sacerdocio como posible camino de promoción social o de «modus vivendi». El sacerdocio es un don de Dios que ha de producir una respuesta de gratitud y confianza por parte de la persona llamada, y una esperanza firme en la fidelidad de Dios.
 
La gracia de la llamada y la libertad en la respuesta no se oponen ni se contradicen. No se podría considerar una respuesta positiva como válida si no se da desde la libertad, que es una condición esencial para la vocación. Vemos en los relatos evangélicos que hay ocasiones en que se da una respuesta negativa a la llamada de Jesús, como en el caso significativo del joven rico, debido a las exigencias que comporta el seguimiento (cf. Mt 19, 16-26). En este caso es debido a las ataduras de la riqueza. En otros casos puede ser debido a condicionamientos sociales y culturales.
 
También puede darse el caso de personas que tienen buena voluntad y quieren seguir ese camino, pero no es esa la voluntad de Dios, que tiene dispuesto un camino diferente para ellas. En el Evangelio encontramos un caso típico de esta situación en el endemoniado que es curado por Jesús en el territorio de los gerasenos. Pide al Maestro formar parte de aquel grupo de los que estaban más próximos a él, pero Jesús le encomienda una misión diferente: volver a casa con los suyos y anunciarles que el Señor ha tenido misericordia de él y le ha curado (cf., Mc 5, 1-21).
Cuando entran en conjunción las dos voluntades, se realiza el ideal. La voluntad de Dios que llama y la del hombre que responde positivamente desde su libertad. Este es el modelo, el ejemplo que encontramos en la llamada de los cuatro primeros discípulos (cf., Mt 4, 18-21). La respuesta de Pedro, Andrés, Santiago y Juan será inmediata: dejando redes, barcas y familia, siguen a Jesús. Esa es la respuesta que antes dieron los profetas y todos los llamados a alguna misión en el Antiguo Testamento, después los apóstoles y discípulos en el Nuevo Testamento y también es la respuesta que se da en el tiempo de la historia de la Iglesia hasta la consumación de los siglos.
La vocación sacerdotal es una relación que se establece entre Dios y el hombre en lo interior de la conciencia, en lo profundo del corazón, a partir de una llamada que provoca una respuesta. Es un misterio inefable que se realiza en la Iglesia, que está presente y operante en toda vocación. El camino habitual en toda vocación es que el Señor se sirva de la mediación de la Iglesia a través de personas que suscitan, acompañan en el proceso y ayudan en el discernimiento.
Ciertamente la situación es muy difícil pero el espíritu sopla donde quiere y no puede apagar su voz. Nuestra tarea consistirá en colaborar humildemente a través de la promoción y del acompañamiento de las vocaciones.
 
+ Ángel Rubio Castro
Obispo de Segovia


jueves, 13 de septiembre de 2012

Interrupción de la convivencia comunitaria del seminario o de los estudios eclesiásticos

Por Luis Alva

En cierta ocasión, me comentaba un seminarista que por indicación del equipo de formadores y decisión de su obispo, al culminar el tercer año de teología, tuvo que interrumpir los estudios teológicos y consecuentemente la convivencia en el seminario, para iniciar una experiencia de “año de pastoral”. El objetivo de mi respuesta fue primeramente tranquilizarlo, dado que una decisión así y de la forma improvista, a cualquier ser humano incomodaría. Le dije que es una riqueza aquella experiencia que iniciará, y que tiene que ser dócil al espíritu de Dios que actúa por medio de los superiores. Estoy seguro que aquella respuesta no le convenció. Son a este tipo de seminaristas a quienes dedico este breve estudio.


El Decreto Optatam totius deja en claro el "para" de la interrupción de los estudios: "A su juicio queda también ver la oportunidad de determinar cierta interrupción en los estudios o disponer un conveniente ensayo pastoral para atender mejor a la aprobación de los candidatos al sacerdocio" (OT 12) . Corresponde a cada Conferencia explicitar esta situación en las Normas básicas para la formación sacerdotal.

La interrupción de la formación se da mayormente por tres casos,  por iniciativa propia del seminarista; por indicación de los formadores o por decisión del Obispo (Pero mayormente es sugerido por los formadores, o en todo caso, por propia iniciativa del obispo, para esto se necesita que el obispo tenga un conocimiento del seminarista, a no ser por sugerencias ajenas a los formadores; en todo caso es una práctica común en el seminario, por ejemplo el año de pastoral después de culminar la filosofía, llamado en algunas diócesis como Tiempo de formación en la parroquia "año de confrontación"); y por motivaciones ajenas a la voluntad del seminarista (salud, necesidades familiares, etc.), en este caso, será preciso acomodarse a dichas circunstancias con sentido realista y providencial. En todo caso, tanto el seminarista como la comunidad del Seminario deberán esforzarse para que la nueva situación contribuya positivamente al proceso de formación integral.

La modalidad de la interrupción se da de la siguiente manera: interrupción temporal e interrupción definitiva. Respecto a la primera, consiste en que el seminarista interrumpe la convivencia comunitaria del Seminario o los estudios eclesiásticos o ambas cosas a la vez, sin embargo, el alumno sigue siendo miembro de la comunidad, y es responsabilidad de ésta atenderle y ayudarle en la situación, manteniendo con él contacto habitual. La interrupción definitiva o salida  definitiva, consiste en que el seminarista interrumpe la convivencia comunitaria del seminario y los estudios eclesiásticos, deja de ser miembro de la comunidad y ésta no tiene ninguna responsabilidad ya sobre él

Las interrupciones por iniciativa propia del seminarista, mayormente son  motivadas por razones de indecisión vocacional. El seminarista precisa  de un tiempo, de un nuevo lugar, de nuevas personas, el contacto con otra realidad, para pensar y volver a tomar una decisión firme en su opción vocacional. Las interrupciones indicadas por los formadores o por decisión del obispo, se dan mayormente cuando el seminarista no ha logrado una madurez personal, y es reflejada en ciertos comportamientos extraños; cuando carece de sentido litúrgico y celo pastoral, etc. Estos dos tipos de interrupción pueden razonablemente producirse en diversos momentos del proceso de formación. Sin embargo, este tipo de interrupciones, son recomendables en los primeros años (durante la primera etapa, o al finalizar ésta). Es un poco arriesgado, como en el caso del seminarista, interrumpir por ejemplo en el tercer año de teología, pues tendrá menos sentido en la medida en que el seminarista va avanzando hacia el final del proceso. Por otro lado, esto es de manera especial para los obispos y formadores, atrasar o prolongar excesivamente la interrupción puede conducir a un estado de indecisión crónica, que siempre es perjudicar para la maduración personal y que difícilmente desemboca en un recto esclarecimiento de la vocación sacerdotal.

Para conseguir los objetivos pretendidos con la interrupción, es necesario que éstos queden claramente definidos en cada caso desde el principio. Sólo así, clarificadas las razones de la interrupción y las metas a conseguir en ella, podrá establecerse un plan de evaluación periódica y de aprovechamiento que el seminarista confrontara con los formadores del seminario.

Debe también programarse, desde el principio, el tiempo que durará esta experiencia y el modo más adecuado de realizarla: dedicación preferente a una determinada labor (estudio universitario, trabajo civil, actividades pastorales o misioneras, servicios sociales, experiencia monástica) o combinación proporcional de elementos variados1.

Es sorprendente escuchar a los seminaristas expresar lo que significó para ellos la experiencia del "año de pastoral".  Para unos, es confortante volver de cara a la primera realidad que lo motivó vocacionalmente, es decir, volver al primer amor; Para otros, el contacto más cercano con la realidad pastoral de una parroquia o de otro ambito eclesial, con sacerdotes, las diferentes situaciones y necesidades eclesiales, hacen del seminarista reedescubrir su llamado, y fortalecer su respuesta. Al principio quedan enojados, molestos por tal desición, pero luego, quedan agradecidos de por vida.

 1. Cf. La formación para el ministerio presbiteral, Plan de formación sacerdotal para los seminarios mayores, CEE, 1986;  R F I S 42.
 

 


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Los Seminaristas leen mucho, sí. Los Seminaristas leen bien ¿?

Por Luis Alva

Enseñando latín y gnoseología me he dado cuenta que mis alumnos seminaristas, leen mucho y entienden poco, es decir, no leen bien. Con esta preocupación he querido escribir esta breve “sugerencia”. La dimensión intelectual en la formación sacerdotal es la que abarca gran parte del día. Son más las horas que se dedica al estudio en comparación con otras actividades. En este sentido, en el tiempo de estudio el seminarista dedica diariamente una parte considerable a la lectura. También se dedica parte de tiempo a la lectura en otras actividades, como en la oración, a la lectura de la biblia, o a la lectura de algún libro de interés espiritual; en los momentos de tiempos libres, mayormente lectura del diario o de alguna revista de interés; lectura de correos electrónicos y de noticias digitales, etc. Con esto se puede afirmar que el seminaristas esta en continua lectura, es decir, los seminaristas leen mucho. Pero aquí surge una cuestión, ¿será que los seminaristas a demás de leer mucho, leen  bien?

En el estudio de la filosofía y de la teología, el seminarista se encontrará con textos muy difíciles de entender, como densos  volúmenes y tratados de filosofía y de teología, hasta breves manuales fáciles y sencillos de leer. Por esto, la buena lectura es indispensable.

Y para eso propongo algunas sugerencias para ayudarte a "leer bien".

Si la lectura que vas a realizar es recreativa y de placer, como lo son revistas, novelas, cuentos, poesía, etc., elige un lugar agradable y con buena temperatura de ambiente. Elige un asiento cómodo y adopta una postura relajada. Procura que haya suficiente luz. Estos ambientes pueden ser, las salas de estudios, los jardines, la sala de lectura, hasta la propia biblioteca. El seminario mayormente tiene varios de estos tipos de lugares. Recuerda! busca un asiento cómodo  pero evita sofás o camas, tanta comodidad te puede relajar demasiado y provocarte sueño.

Si la lectura que vas a realizar es de trabajo y estudio serio, debes buscar igual un lugar agradable pero que este te invite a realizar una lectura más profunda, el lugar elegido debe evitarte posibles distracciones. En el seminario este es el gran desafío, mayormente el ambiente de descanso es el mismo para el estudio (algunos seminarios tienen sala de estudio en común, y otros la sala de estudio es la propia biblioteca, o salón de clases). Se encuentran frente a frente el escritorio y la cama. Porque el desafío es grande, grande deberá ser la concentración. Para esto, debes tener la puerta de la habitación siempre abierta. El escritorio que de la espalda a la cama. Ventilar la habitación, sin crear corriente de aire. Luz suficiente. No colocar muchos textos, e imágenes o cosas en el escritorio, basta un portalibros, resaltador o lapicera. Para este tipo de lectura hay tranquilizar los sentidos, es decir, no estudiar con hambre o con sed o estudiar comiendo o bebiendo; en el ambiente de estudio no tiene que haber olores desagradables, para no distraer al olfato, sí agradables; no tiene que haber objetos sobre el escritorio de manera que los brazos y pies queden libres; el silencio es fundamental, personalmente no creo que se pueda estudiar profundamente con música o cualquier de ruido de fondo. El peor enemigo de la lectura profunda y sería es hacerla compartida, es decir, estudiar con el Messenger o Facebook conectados.

Si la lectura que vas a realizar es para un examen o una exposición de algún tema, tienes la oportunidad de hacerlo en los tipos de ambientes que acabo de mencionar. Para los seminaristas peripatéticos, es decir, para los que gustan estudiar caminando, el lugar propicio puede ser los jardines, los ambientes de deporte, áreas descampadas, etc. Este tipo de lectura sirve para memorizar y para esquematizar. Participan casi todos los sentidos al mismo tiempo,  gestos corporales, la lectura en voz alta, la escucha de aquella lectura, quizá la vista sea la que se ejercita más, dado que se tiene que mirar al mismo tiempo por donde se camina y el texto.  

Po otra parte, lee despacio y de manera calmada, subraya las frases que creas más importantes y resalta las que no entiendas. Haz anotaciones en los márgenes. Si no puedes subrayar y anotar en el libro (nunca subrayar libros de la comunidad) realiza anotaciones en un cuaderno. Ten en tu poder un diccionario especializado, teológico o filosófico, y busca allí las palabras que no comprendas. Anótalas, copia su significado y sustitúyelas por un sinónimo. Completa fichas, anota los conceptos, definiciones y palabras clave que tenemos que memorizar, el esquema explicativo de cada capítulo. La lectura realizada así será lenta, pero la comprenderemos y memorizaremos mucho mejor. Este tipo de lectura no se improvisa, tiene que darse día a día.

Debes esforzarte por comprender lo que lees. Para eso, inicia la práctica de lectura con textos breves, de fácil lectura, como son las vidas de santos, la misma biblia, novelas, revistas, etc. No pretendas iniciarte en la práctica de la lectura con textos difíciles. Si estas en filosofía un buen texto sería El mundo de Sofía, y si estas en Teología un buen texto sería Vida y Muerte de Jesucristo de Martín Descalzo, por mencionar algunos. No olvides tener un diccionario a la mano. Es recomendable tener un libro de cabecera, leer antes de ir a la cama y al levantarse de ella.

 


viernes, 31 de agosto de 2012

Mi madre la Iglesia!

Razones para el amor
Martín Descalzo
 
Creo que no puedo escribir en este libro sobre las cosas que amo sin hablar también sobre la Iglesia, sobre mi querida Iglesia. Comprendo que, al hacerlo, no estoy muy a la moda, porque hoy lo que priva es hablar de ella, cuando menos, con despego (¡y tantas veces con ferocidad!), incluso entre los creyentes. Dicen que el signo de los tiempos es gritar: «Cristo, sí; Iglesia, no»; pero a mí eso me parece tan inverosímil como decir «quiero al alma de mi madre, pero a mi madre no». Y lamento no entender a quienes la insultan o desprecian «en nombre de¡ Evangelio» o a quienes parecen sentirse avergonzados de su historia y piensan que sólo ahora o en el futuro vamos a construir la «verdadera y fiel Iglesia». No sé, pienso que tal vez cuando ya está en el cielo sentiré compasión hacia eso en lo que aquí abajo conversamos entre todos a la Iglesia, pero mientras esté en la tierra ya tengo bastante trabajo con quererla como para encontrar también tiempo para ver sus fallos.

Y voy a ver si explico un poco las razones por las que la quiero. Para ser un poco sistemático, voy a reducirlas a cinco funda- mentales.

La primera es que ella salid del costado de Cristo. ¿Cómo podría no amar yo aquello por lo que Jesús murió? ¿Y cómo podría yo amar a Cristo sin amar, al mismo tiempo, aquellas cosas por las que él dio su vida? La Iglesia -buena, mala, mediocre, santa o pecadora, o todo eso junto- fue y sigue siendo la esposa de Cristo. ¿Puedo amar al esposo despreciándola?

Pero -me dirá alguien- ¿cómo puedes amar a alguien que ha traicionado tantas veces al evangelio, a alguien que tiene tan poco que ver con lo que Cristo soñó que fuera? ¿Es que no sientes al menos «nostalgia» de la iglesia primitiva? SI, claro, siento nostalgia de aquellos tiempos en los que -como decía San Ireneo- «la sangre de Cristo estaba todavía caliente» y en los que la fe ardía con toda viveza en el alma de los creyentes. Pero ¿es que hubiera justificado un menor amor la nostalgia de mi madre joven que yo podía sentir cuando mi madre era vieja? ¿Hubiera yo podido devaluar sus pies cansados y su corazón fatigado?

A veces oigo en algunos púlpitos o tribunas periodísticas demagogias que no tienen ni siquiera el mérito de ser nuevas. Las que, por ejemplo, hablan de que la Iglesia es ahora una esposa prostituida. Y recuerdo aquel disparatado texto que Saint-Cyran escribía a San Vicente de Paúl y que es -como ciertas críticas de hoy- un monumento al orgullo: «Sí, yo lo reconozco: Dios me ha dado grandes luces. El me ha hecho comprender que ya no -hay Iglesia. Dios me ha hecho comprender que hace cinco o seis siglos que ya no existe la Iglesia. Antes de esto la Iglesia era un gran río que llevaba sus aguas transparentes, pero en el presente lo que nos parece ser la Iglesia ya no es más que cieno. La Iglesia era su esposa, pero actualmente es una adúltera y una prostituta. Por eso la ha repudiado y quiere que la sustituya otra que le sea fiel.»

Me quedo, claro, con San Vicente de Paúl, que, en lugar de soñar pasadas o futuras utopías, se dedicó a construir su santidad, y con ella, la de la Iglesia. Un ría de cieno hay que purificar- lo, no limitarse a condenarlo. Sobre todo cuando nadie puede presentar ese supuesto libelo de repudio que Cristo habría dado a su esposa.

La segunda razón por la que amo a la Iglesia es porque ella y sólo ella me ha dado a Cristo y cuanto sé de él. A través de esa larga cadena de creyentes mediocres me ha llegado el recuerdo de Jesús y su Evangelio. Sí, claro, a veces lo ha ensuciado al transmitirlo, pero todo lo que de él sabemos nos llegó a través de ella.

Ella no es Cristo, ya lo sé. El es el absoluto, el fin; ella, sólo el medio. Incluso es cierto que cuando digo «creo en la Iglesia» lo que estoy diciendo es que creo en Cristo, que sigue estando en ella; lo mismo que cuando afirmo que bebo un vaso de vino, lo que realmente bebo es el vino, no el vaso. Pero ¿cómo podría beber el vino si no tuviera vaso? El canal no es el agua que transporta, pero ¡qué importante es el canal que me la trae!

El centro final de mi amor es Cristo, pero «ella es la cámara del tesoro, donde los apóstoles han depositado la verdad, que es Cristo», como decía San Ireneo. Ella es «la sala donde el Padre de familia celebra los desposorios de su Hijo», como escribía San Cipriano. Ella es verdaderamente -ahora es el río de San Agustín quien se desborda- «la casa de oración adornada de visibles edificios, el templo donde habita tu gloria, la sede inconmutable de la verdad, el santuario de la eterna caridad, el arca que nos salva del diluvio y nos conduce al puerto de la salvación, la querida y única esposa que Cristo conquistó con su sangre y en cuyo seno renacemos para tu gloria, con cuya leche nos amamantamos, cuyo pan de vida nos fortalece, la fuente de la misericordia con la que nos sustentamos». ¿Cómo podría no amar yo a quien me transmite todos los legados de Cristo: la eucaristía, su palabra, la comunidad de mis hermanos, la luz de la esperanza?

Pero su historia es triste, está llena de sangres derramadas, de intolerancias impuestas, de legalismos empequeñecedores, de maridajes con los poderes de este mundo, de jerarcas mediocres y vendidos... Sí, sí, es cierto. Pero también está llena de santos. Y ésta es la tercera razón de mi amor.

Siempre que yo me monto en un tren sé que la historia del ferrocarril está llena de accidentes. Pero no por eso dejo de usarlo para desplazarme. «La Iglesia -decía Bernanos- es como una compañía de transport@és que, desde hace dos núl años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que gracias a sus santos la compañía no ha quebrado.» Es cierto, los santos son la Iglesia, son lo que justifica su existencia, son lo que no nos hace perder la confianza en ella. Ya sé que la historia de la Iglesia no ha sido un idilio. Pero, a fin de cuentas, a la hora de medir a la Iglesia a mí me pesan mucho más los sacramentos que las cruzadas, los santos que los Estados Pontificios, la Gracia que el Derecho canónico.

¿Estoy con ello diciendo que amo a la Iglesia invisible y no a la visible? No, desde luego. Pienso que tenla razón Bernanos al escribir que «la Iglesia visible es lo que nosotros podemos ver de la invisibles y que como nosotros tenemos enfermos los ojos sólo vemos las zonas enfermas de la Iglesia. Nos resulta más cómodo. Si viéramos a los santos, tendríamos obligación de ser como ellos. Nos resulta más rentable «tranquilizarnos» viendo sólo sus zonas oscuras, con lo que sentimos, al mismo tiempo, el placer de criticarlas y la tranquilidad de saber que todos son tan mediocres como nosotros. Si nosotros no fuésemos tan humanos, veríamos más los elementos divinos de la Iglesia, que no vemos porque no somos ni dignos de verlos.
Voy a atreverme a decir más: yo amo con mayor intensidad a la Iglesia precisamente «porque» es imperfecta. No es que me gusten sus imperfecciones, es que pienso que sin ellas hace tiempo me habrían tenido que expulsar a mí de ella. A fin de cuentas, la Iglesia es mediocre porque está formada de gente como nos- otros, como tú y como yo. Y esto es lo que, en definitiva, nos permite seguir dentro de ella.

Bernanos lo decía con exacta ironía:
«Oh, si el mundo fuera la obra maestra de un arquitecto obsesionado por la simetría o de un profesor de lógica, de un Dios deísta, la santidad seria el primer privilegio de los que mandan; cada grado en la jerarquía correspondería a un grado superior de santidad, hasta llegar al más santo de todos, el Santo Padre, por supuesto. ¡Vamos! ¿Y os gustaría una Iglesia as!? ¿Os sentiríais a gusto en ella? Dejadme que me ría. Lejos de sentirnos a gusto, os quedaríais en esta congregación de superhombres dándole vueltas entre las manos a vuestra boina, lo mismo que un mendigo a la puerta del hotel Ritz. Por fortuna, la Iglesia es una casa de familia donde existe el desorden que hay en todas las casas familiares, siempre hay sillas a las que les falta una pata, las mesas están manchadas de tinta, los tarros de confites se vacían misteriosamente en las alacenas, todos lo conocemos bien, por experiencias.

Sí, por fortuna en la Iglesia imperan las divinas extravagancias del Espíritu, que sopla donde quiere. Y gracias a ello nos- otros podemos agradecerle a Dios cada noche que aún no nos hayan echado de esa casa de la que todos somos indignos. Tendremos, claro, que luchar por mejorarla. Pero sabiendo bien que siempre ha sido mediocre, que siempre será mediocre, como en las casas siempre hay polvo por muy cuidadosa que sea su dueña. No se sabe por dónde, pero el polvo entra siempre. Y uno limpia el polvo en lugar de pasarse la vida enfadándose con él.

En rigor, todas esas críticas que proyectamos contra la Iglesia deberíamos volcarlas contra cada uno de nosotros mismos. Lo voy a decir en latín con las preciosas palabras de San Ambrosio: «Non in se, sed in nobis vulneratur Ecelesia. Caveamos igitur, ne lapsus noster vulnus Ecclesie fiat» (No- en ella misma, sino en nosotros, es herida la Iglesia. Tengamos, pues, cuidado, no sea que nuestros fallos se conviertan en heridas de la Iglesia).

La quinta y más cordial de mis razones es que la Iglesia es -literalmente- mi madre. Ella me engendró, ella me sigue amamantando. Y me gustaría ser como San Atanasio, que «se asía a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo». Y poder decir, corno Origenes, que «la Iglesia ha arrebatado mi corazón; ella es mi patria espiritual, ella es nú madre y mis hermanos». ¿Cómo entonces sentirme avergonzado por sus arrugas cuando sé que le fueron naciendo de tanto darnos y darnos a luz a nosotros?

Por todo ello espero encontrarme siempre en ella como en un hogar caliente. Y deseo -con la gracia de Dios- morir en ella como soñaba y consiguió Santa Teresa. Y ése será mi mayor orgullo en la hora final.

Ese día me gustará repetir un pequeño poema que escribí hace ya muchos años, siendo seminarista; un poema muy malo, pero que conservo como era porque creo que expresaba y expresa lo que hay en mi corazón:

Amo a la Iglesia, estoy con tus torpezas,
con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos,
con su túnica llena de pecados y manchas.
Amo a sus santos y también a sus necios
amo a la Iglesia, quiero estar con ella.
Oh, madre de manos sucias y vestidos raídos,
cansada de amamantamos siempre,
un poquito arrugada de parir sin descanso.
No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja
nos lleven a otros puertos.
Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos,
sino tu sangre derramada al traemos.
Por eso cada arruga de tu frente nos enamora
y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.
Y hoy, al llegar cansados, y sucios, y con hambre,
no esperarnos palacios, ni banquetes, sino esta
casa, esta madre, esta piedra donde poder sentamos.


lunes, 27 de agosto de 2012

Seminaristas, ante una cultura que ve demasiado y mira poco, amenaza al corazón!



Por Luis Alva
 
Se dice que el hombre actual es un “depredador audiovisual” que se desliza por la superficie. Parece que un buen porcentaje de jóvenes, durante su día se encuentra por largo tiempo frente a una pantalla. Vemos mucho, muchas cosas, muchos países y paisajes, muchas películas y espectáculos…; pero ¿miramos? Agencias de turismo, industria del cine, revistas gráficas, internet… nos mantienen ante diversas pantallas iluminadas en las que muestran la manera más brillante y arrebatadora la vida en movimiento, con imágenes de la máxima belleza.
 
 Las diversas pantallas no son sólo un invento técnico, sino un espacio mágico –quizá más virtual que virtuoso- donde se proyectan los deseos, los sueños (y también las pesadillas) de la gran mayoría. Al principio fue el cine, pero llegó después la televisión penetrando en los hogares en los años cincuenta; el ordenador, las consolas de los videojuegos, internet, el teléfono móvil, el “ipod”, las cámaras digitales, los videoclips, los GPS… Hemos pasado de la “unipantalla” a lo que ya se llama “pantallasfera” o “pantalla global”, la red de redes. Lo que comenzó por ser y sigue siendo el “séptimo arte” está dominado por lo taquillero y por batiburrillos varios que asaltan los sentidos. La pantalla de ha apoderado y dicta nuestros gustos y comportamientos cotidianos. Filmar, enfocar, visionar,  registrar la vida… está al alcance de todos los que nos sentimos cuasi directores o actores. No es solo la navaja surrealista afilada por Buñel y Dalí en Un perro andaluz la que corta agresivamente el ojo que mira; es esta vorágine del ver la que nos puede dejar “ciegos” para mirar. Quedamos enfrentados a la posibilidad de vivir dentro del arte del gran trampantojo heredero de otras formas artísticas basadas en la ilusión de la realidad. La banalidad, la menudencia, los trapos sucios se convierten en espectáculo que nutre el negocio. Se cruzan y alimentan mutuamente la era del vacío con la de la demasía y la saturación. Los Gibson, psicólogos investigadores de la percepción, prueban que tenemos a nuestra disposición por vía sensorial más información de la que sospechamos y de la que podemos dirigir. La televisión hipermoderna fabrica personalidades y bellezas con la que Edgar Morín llama el “pigmalionismo industrial”.

Vemos muchos. ¿Cuánto miramos de corazón? Me explico: nacemos con ojos, pero no con mirada. El castellano recoge una sutil diferencia entre “ver y “mirar”.  El mirar está cargado de cuidado, de amor y hasta de pasión: “me ha mirado muy bien el buen médico”, dirá la mujer que sale contenta de la visita del médico. “¡Mírame!”, pedirá el amante que quiere volver a beber de la predilección primera, tal vez hoy desvaída. Se “mira” la herida y el cuadro porque requieren atención y corazón. Para ver, en cambio, basta un dirigir los ojos hacía el estímulo. Mirar nos hace más universales.

No es tan fácil acceder a la mirada. Hace falta coraje y corazón. Nuestros sentidos. Ahítos de ver e hiperestimulados con la “pantallasfera”, pueden “no mirar” al compañero o al hijo de “mirada” triste y sentado a nuestro lado. «He aquí mi secreto. Es muy simple “no se ve bien si no con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos», dirá el zorro al principito. Solo “mira” el amante. Es muy “mirado” decimos del que nos mira cuidándonos.
José M.. Fernández-Martos, Cuidar el corazón en un mundo descorazonado, Sal Terrae, 2012, 46-49.


viernes, 24 de agosto de 2012

Orden sacerdotal / Mercaba

467
ORDEN SACERDOTAL
467-01Catecismo números 1536-1600
467-02
El Sacramento del Orden, sesión XXIII del Concilio de Trento
467-03Decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II sobre el ministerio y vida de los Presbíteros
467-04Decreto Optatam Totius del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal
  
467-05Papas
467-06Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis de Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres
467-10El Presbiterado y los presbíteros. 19 Catequesis de Juan Pablo II
467-11Exhortación apostólica sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual: «Pastores dabo vobis.», de Juan Pablo II
467-12Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo
467-13Don y Misterio, memorias y reflexiones de S. S. Juan Pablo II con motivo de su jubileo sacerdotal
467-14Diez títulos que definen la identidad sacerdotal - S.S. Juan Pablo II
467-15Guía pastoral para los sacerdotes diocesanos de las iglesias que dependen de la Congregación para la Evangelización de los pueblos
467-17
Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros
467-18Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes (15-VIII-1997)
467-19El Presbítero, maestro de la Palabra, ministro de los Sacramentos y guía de la Comunidad, ante el tercer milenio cristiano
El estudio de los Padres en la formación sacerdotal
Orientaciones para el estudio y enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes (30-XII-1988)
Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal. 12-II-1997
467-23Dignidad y santidad sacerdotal - San Alfonso María de Ligorio:
El sacerdocio como «Officium laudis» Cardenal Darío Castrillón Hoyos, Prefecto de la Congregación para el Clero
467-25Carta con motivo de la Jornada Mundial por la Santificación de los Sacerdotes, por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero  
  
467-29El Sacramento del Orden Sacerdotal, Pedro Herrasti
467-30
De la vocación bautismal a la vocación presbiteral
467-31
Problemas en torno a la naturaleza de la vocación
467-32
Moisés: los diversos tiempos de una vocación
467-33
Samuel: la conciencia de un pueblo
467-34
Jeremías: fe y vocación
La vocación en los evangelios sinópticos
Las llamadas en el itinerario cristiano de salvación
467-37La Pastoral de las Vocaciones
467-38Sobre la Vocación sacerdotal
467-39El martirio y la formación sacerdotal - Prof. Paolo Scarafoni, L.C.,
Ministerio sacerdotal en la Iglesia
467-41Carácter sacerdotal: El Papa confiesa con un cura secularizado
467-42Dignidad del Ministerio. Texto de Hugo Wast
467-43El sacerdote al servicio de la Iglesia y del mundo
467-44Los sacerdotes, elegidos y destinados
  
  
El sacerdocio de Cristo y nuestro sacerdocio
Jesucristo, Sacerdote digno de fe
Jesucristo, Sacerdote misericordioso
Nuevo sentido del sacerdocio
La Nueva Alianza
Hacia una vivencia más teologal del ministerio presbiteral
467-51Teología y espiritualidad del sacerdocio
467-52Esquemas de espiritualidad sacerdotal - JUAN ESQUERDA BIFET
467-53El Sacerdocio en el Nuevo Testamento
467-54Sacerdocio de la Antigua Alianza
  
467-60
El Presbítero, siervo y servidor
467-61¿Para qué sirven los curas?
467-62El Orden Sacerdotal
  
Reflejos de una imagen sacerdotal en los relatos de las
vocaciones según Lucas 5,1-11 y Juan 1,33-42
  467-70
467-70-01Sobre la disciplina eclesiástica del celibato sacerdotal
467-70-02Sentido sublime del celibato
467-70-03El celibato como anticipo del futuro
467-70-04
Celibato en el siglo XXI
  
467-80El orgullo, pecado del Pastor, en la "Regla Pastoral" de Gregorio Magno
467-81Vocación al sacerdocio
467-83La Vocación, nuestra felicidad
467-84El Espíritu llama al testimonio
467-85Acompañar - Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiásticas
467-86José Luis Martín Descalzo: Yo he llegado a cura
  
467-90EL DIACONADO PERMANENTE
467-90-01Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes
467-90-02Discurso de Juan Pablo II en el jubileo de los diáconos permanentes
467-90-03Diáconos permanentes, rostro de una Iglesia cercana; afirma el Papa
467-90-04Introducción al ministerio del diaconado permanente
  
467-91
EL SEMINARIO Y LOS SEMINARISTAS
  
467-94  El perfil de un siervo de Dios, por Marcelino Ortiz
467-95
Presbítero - Textos
467-96-01La ordenación sacerdotal de las mujeres: ¿porqué no?
467-96-02Valores de Iglesia y sacerdocio femenino. Igualdad y poder
467-96-03La mujer y el sacerdocio