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lunes, 10 de septiembre de 2012

La formación física en la formación sacerdotal

Por Catholic.net
 
 
 

La vida espiritual, la práctica constante de las virtudes, la formación intelectual, el ritmo de vida de un seminario o de un centro de formación sacerdotal son exigentes. Se requieren actividades deportivas y recreativas que ayuden a recuperar fuerzas físicas y psíquicas, a conservar y fortalecer la buena salud, y que estimulen la sana convivencia. Lo afirma el Vaticano II, hablando en general de la educación en nuestros días: El deporte ayuda a conservar el equilibrio espiritual... y a establecer relaciones fraternas. (GS 61).


Además, estas actividades ofrecen magníficas oportunidades de conocimiento propio, de formación y de ejercicio de múltiples facultades y virtudes: la diligencia, el esfuerzo y sana tensión de la voluntad, la generosidad, la apertura caritativa hacia los demás.

Por otra parte, los alumnos aspirantes al sacerdocio serán en su mayoría jóvenes que necesitan vitalmente el deporte para su sano desarrollo físico y su equilibrio psicológico. Esto no quiere decir que todos deban necesariamente ser deportistas, pero cierto ejercicio físico como la participación en algún juego comunitario, el caminar, el realizar excursiones al campo o a la montaña, hace bien a todos. Sería extraño que un joven rehuyera todo deporte, ejercicio físico o trabajo que suponga sudor y fatiga: indicaría quizá un personalidad perezosa, un estado enfermizo o una tendencia al encerramiento en sí mismo.

Se necesitan, por tanto, tiempos, espacios y actividades para desarrollar esta faceta de la formación. Los programas del seminario no pueden olvidarlo.

El ejercicio corporal sobre todo practicado en los deportes resulta ser un excelente medio de conocimiento personal, de apertura, de donación a los demás, y de formación.

Hablar de formación física no sólo se refiere al deporte, sino también a la necesidad de ejercitar de vez en cuando algún trabajo manual que requiera esfuerzo físico.

El trabajo es una faceta a imitar de la vida de Cristo, que contribuye a formar el carácter, a robustecer la voluntad, a ejercitar en la laboriosidad, a descubrir nuevas habilidades, a conocer más de cerca las condiciones, trabajos y fatigas de muchas personas y así comprenderlas mejor. Ayuda también a vencer la inclinación a la comodidad, a vivir el espíritu de pobreza con mayor autenticidad.

Por último consideremos que tanto el juego como el trabajo físico integra a los miembros de la comunidad entre sí y con el centro formativo, y contribuyen a dar a la comunidad un auténtico aire de familia y a considerar el centro como el propio hogar.


viernes, 7 de septiembre de 2012

Las falsas promesas del amor romántico!

Autor: Almas.mex



Seré una persona realizada y completa si estoy enamorado....«Yo no soy yo si no te tengo a ti» es una afirmación que equipara mi identidad con lo que poseo, o gano, o por lo que compito, o hago, o consumo, no con lo que soy. La demanda se intensifica si crecimos con el dogma religioso de que cuando Dios nos creó, también creó a otra persona en el mundo sólo para nosotros.
 
Y nuestra tarea en la vida es encontrar a esa persona, ¡mientras que el trabajo de Dios parece ser jugar a las escondidas con esa persona por el mayor tiempo posible!

No sorprende que muchos de nosotros cortamos prácticamente con cualquier otra relación cuando estamos «enamorados» ¿Por qué? Porque ahora tenemos a la persona que nos completará. Es como si dijéramos a la otra persona: «¡Hola suertudo! Tu trabajo por el resto de tu vida será hacerme sentir bien! ». Pareciera que la mayoría de nosotros no tiene relaciones, sino que toma rehenes.

Este mito sólo sirve para contaminar las relaciones. Nuestra sociedad en realidad no se caracteriza por la amistad. Pensamos en los amigos como personas con quiénes pasar tiempo cuando no hay otra cosa mejor qué hacer. Y cuando no tenemos una pareja, buscamos a alguien que llene ese hueco en lugar de ver a la persona por sí misma.

Mi soledad y sensación de aislamiento se aliviarán sólo dentro una relación romántica con otra persona.
Esta es, por mucho, una verdad a medias. Cierto que somos creaturas que tendemos a la relación, pero a lo largo de nuestra vida establecemos relaciones donde experimentamos no sólo la cercanía, sino también la soledad. Ambos aspectos son inevitables.

En secreto esperamos que un vínculo romántico nos libere del malestar, y por eso pedimos «¡Rescátame por favor!». Sin embargo, el fluir de las relaciones se basa en realidad en la aceptación de que todos estamos fundamentalmente solos, y al compartir con otros no podemos dejar de lado nuestra propia soledad. No se anula ni se niega. Hemos de mirarla como un don, y no como una condena.

El vínculo con otra persona resolverá mis ansiedades, mi neurosis, mis traumas.Y entonces decidimos casarnos jóvenes para escapar de un hogar infeliz. Buscamos relaciones para encontrar a alguien que nos escuche y a quien importarle. Nos sumergimos en historias de amor, esperando que la mujer/hombre de nuestra vida venga a rescatarnos. Transferimos todo nuestro «enamoramiento» en nuestros hijos, o amigos, proyectando en esa persona el poder para rescatarnos de nuestro drama humano, esperando que nos lleve sobre sus hombros hacia una vida más satisfactoria.

La intimidad se equipara con sexo. Y de hecho con frecuencia intercambiamos las palabras.

Cuando preguntamos a alguien sobre cómo va su relación podría respondernos, «Va bien, pero todavía no hemos tenido intimidad». Traducción: «Todavía no hemos tenido relaciones sexuales».

La implicación de esto es doble: primero, asumimos que la intimidad se respalda por cierto nivel de actividad genital. Lo cual facilita nuestra tarea, porque si la intimidad equivale a genitalidad, todo se reduciría a un simple manual de «cómo, cuándo y dónde», convirtiéndonos en técnicos en lugar de personas que quieren relacionarse. De hecho la genitalidad es una expresión, ya sea positiva o negativa, de nuestro deseo y necesidad de cercanía, pero eso no significa en absoluto que podamos equiparar la intimidad con comportamientos sexuales específicos. Es este modo de pensar el que conduce a la segunda idea, esto es, que la intimidad sólo es posible con una persona del sexo opuesto, mediante un cierto vínculo romántico.Y como desconocemos el lenguaje de las relaciones, entonces usamos el sexo.

Ahora la ecuación está completa: la intimidad es igual a romance más una buena dosis de sexo. De esta manera, la intimidad es relegada a aquellos momentos de contacto genital. Esto puede resultar placentero, pero no verdadero. Irónicamente, es más fácil despojarnos de nuestras ropas que despojarnos de nuestras máscaras. Es más fácil entregar nuestro cuerpo que entregar nuestro corazón.

Ante esta falacia, es fácil entender por qué en nuestra cultura sexualmente bombardeada es tan difícil hablar de relaciones cercanas entre personas del mismo sexo sin alusiones homofóbicas. Una vez más, la amistad es relegada en favor de la genitalidad.

La consecuencia es un enfoque de la vida en dónde cosificamos a las personas. C.S. Lewis dijo una vez que cuando un hombre dice que quiere una «buena mujer», en realidad no quiere a una mujer que sea «buena», más bien busca una «buena experiencia», en donde la mujer pasa a ser un instrumento.
Hemos perdido de vista que la sexualidad es mucho más de lo que hacemos con nuestros genitales. Nuestra sexualidad puede ser un medio para manifestar y expresar, o bien para esconder y disfrazar. Esta es la cultura, afirma Rollo May, en que «hemos retirado la hoja de parra de nuestros genitales para ponerla sobre nuestros rostros».

La intimidad está «allá afuera», en algún lugar, es otra forma de ser víctima, pues se asume que algo o alguien nos puede «hacer» cercanos, así como damos por hecho que alguien nos puede «hacer» enojar.
Algún día.. cuando llegue la persona adecuada… cuando se den las circunstancias correctas… cuando resuelva mi vida, entonces podré sentir la «cercanía». Y esperamos, y esperamos, y mientras tanto vivimos con el eterno «si tan solo…»:
Si tan sólo le importara a alguien.
Si tan sólo no me hubieran lastimado tantas veces en el pasado.
Si tan sólo pudiera resolver mis problemas actuales.
Si tan sólo mis padres no fueran tan neuróticos.
Si tan sólo ella(él) supiera lo que se está perdiendo.
Si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás.
Si tan sólo tuviera un poco más de tiempo.
Si tan sólo mis hijos estuvieran (o ya no estuvieran) en casa.
Si tan sólo mi padre no hubiera bebido tanto.
Si tan sólo no hubiera causado que mi padre nos abandonara.

Tal parece que la realización es siempre algo que sólo los demás tienen, algo que está a la vuelta de la esquina, y esperamos que aquello mejor por fin llegue, aún que tengamos que intercambiar lo que tenemos por algo que pensamos que deberíamos tener.

Somos la generación del «¿quién dice que no se puede tenerlo todo?» Y esperamos a encontrar el compromiso perfecto, el trabajo perfecto, la casa perfecta, las vacaciones perfectas, la cita perfecta, el hijo perfecto, el amor perfecto, el amigo perfecto, el Seminario perfecto… y así nos pasamos la vida, preparándonos indefinidamente para vivir.

Una historia de Robert Hutchings llamada «La Estación» resulta muy ilustrativo:
En el fondo de nuestro inconsciente hay una visión idílica. Nos vemos en un viaje por tren a lo largo de todo el continente. Por las ventamos bebemos el paisaje de autos que circulan por la carretera, de niños que saludan en un crucero, de un rebaño pastando en una colina cercana, de humo saliendo de una fábrica, de filas de maíz y de trigo en un sembradío, de planicies y valles, de montañas, de rascacielos citadinos y de plazas de pueblos pequeños.

Pero lo principal en nuestra mente es el punto de destino. Un cierto día, a determinada hora llegaremos por fin a la estación. Seremos recibidos con una banda de música y banderas ondeantes. Una vez allí se cumplirán todos nuestros sueños, y las piezas de nuestra vida se acomodarán como en un complicado rompecabezas. Con cuánta ansiedad recorremos los pasillos, renegando de los minutos que faltan, esperando, esperando por llegar a la estación.
«Cuando lleguemos a la estación… ¡eso será todo! Cuando cumpla 18… cuando me pueda comprar un Mercedes Benz… cuando mi último hijo salga de la universidad… cuando termine de pagar la hipoteca… cuando consiga un ascenso… cuando me jubile… ¡entonces podré ser feliz para siempre!».
Tarde o temprano hemos de darnos cuenta de que no existe tal estación. No hay un lugar al cual lleguemos de una vez y para siempre. La verdadera alegría de la vida es el viaje en sí, la estación es sólo un sueño que constantemente se aleja de nosotros. Porque no son las cargas del día de hoy lo que desquicia a las personas, sino el arrepentimiento del pasado y el temor al futuro. Arrepentimiento y miedo son los ladrones que nos roban el presente.

Así que deja de pasear en los pasillos contando cuánto falta. Mejor sube a más montañas, come más helado, camina descalzo más veces, nada en más ríos, contempla más atardeceres, sonríe más… La vida se vive a lo largo del camino, la estación llegará cuando tenga que llegar.

La Estación, de Robert J. Hutchings

Lo que cada imitación de la intimidad nos dice es que, de algún modo, nosotros o nuestra vida no es lo suficientemente buena como está ahora. Así que invertimos toda nuestra energía en tratar de completar el vacío. Estamos tan obsesionados con aquello que nos falta, que intentamos forzar a algo o a alguien para llenar el hueco. No podemos, por tanto, vernos a nosotros mismos como un todo, sino más bien como un gran agujero que necesita ser llenado.

Y no importa lo que usemos: romance, sexo, euforia, por supuesto nada es suficiente.

Nuestro viaje hacia las relaciones será el proceso continuo de enfrentar las falsas imitaciones y desenmascararlas. De despojarnos de nuestro papel de víctimas. De aprender a encarar y aceptar la vida como es. Nadie dijo que el proceso sería divertido, o fácil, o libre de frustración y dolor.

Vínculos y relaciones cercanas… un viaje que nos costará perder la ingenuidad, algunas idealizaciones, y la certidumbre. De algún modo habíamos esperado que fuera diferente. Pero la intimidad no es una posesión. Es un viaje. No es el lugar a dónde llegamos, sino la dirección en la que vamos.

Adaptado por:Laura Ríos


jueves, 6 de septiembre de 2012

La Eucaristía verdadero centro de la vida de un seminario y de un seminarista!

Card. Mauro Piacenza


La experiencia de la vocación es siempre la de una gran predilección, inmerecida, nunca fruto de esfuerzos humanos, sino don gratuito de la misericordia de Dios. En la vocación todos nosotros hemos sido “tomados por Cristo”, envueltos en su designio de amor, ¡abrazados en una historia que será eterna!
 
Esta inserción en la vida divina, iniciada en el santo bautismo, y para nosotros extraordinariamente renovada por la vocación sacerdotal, tiene el sabor de la totalidad. ¡Cristo lo da todo y lo pide todo!
No es posible caminar hacia el sacerdocio sin este deseo de totalidad: totalidad del don de nosotros mismos a Dios y a la Iglesia, y totalidad de servicio a la fe de nuestros hermanos. La totalidad de Cristo tiene un nombre: es Su cruz. El Sacrificio de Cristo en la Cruz, lejos de ser sólo una“contradicción”, es lo único que da verdadera consistencia a la existencia humana. Participamos en el Sacrificio que Cristo ofrece, de modo incruento, en la Santa Eucaristía.
La Eucaristía es el verdadero centro de la vida de un seminario y de un seminarista. Sin esta centralidad eucarística orante, que supera cualquier otro medio formativo, no hay auténtica formación sacerdotal. ¡Por eso es tan importante una auténtica y correcta vida litúrgica! El hombre de la Eucaristía se forma en la escuela de la Eucaristía. San Francisco, tenía una veneración absolutamente extraordinaria por la Eucaristía, un amor único por el Santísimo Sacramento, que él vivía plenamente como lo que es: presencia verdadera, real y sustancial de Cristo Resucitado en el mundo.
Escribe su primor biógrafo Tomas de Celano: «Ardía de Amor en todas sus más íntimas fibras por el Sacramento del Cuerpo del Señor, llenándose de estupor por tan amorosa dignación y tan misericordiosa caridad». Cruz y Eucaristía han sido para San Francisco las raíces de la pobreza y de la humildad. Cruz y Eucaristía son, para cada llamado al Sacerdocio, las raíces de aquella pobreza y humildad que se convierten en castidad y obediencia. Pobreza de afectos humanos y pobreza de propia (autónoma) voluntad, para vivir totalmente del Amor de Dios y de la Voluntad de Dios. Quien acoge totalmente la llamada del Señor, recibe de El la propia misión en la historia. Y sólo en esta acogida de la Voluntad de Dios, expresada en la vida de la Iglesia y en la obediencia al Magisterio y al Papa, está la llave para abrir la realidad del mundo y del hombre a Dios.
Debemos implorar con insistencia para cuantos se preparan hoy al Ministerio Sacerdotal aquella radicalidad y aquel fervor que tuvo San Francisco. La identificación total con Cristo fue vivida por San Francisco hasta el don de las Llagas, real participación física en la Pasión del Señor.También a vosotros, carísimos seminaristas, os será dada sacramentalmente, en el día de la ordenación sacerdotal, la configuración con Cristo Cabeza, que incluye la participación en Su Pasión. Vuestras manos serán ungidas, y desde ese momento no os perteneceréis ya a vosotros mismos, sino que Dios os dirá: «¡Tu eres mío!».
La misión no es un continuo desvivirse en iniciativas, ¡aunque estén muy bien organizadas! La misión es la conciencia de esta pertenencia y de la obligación única que de ella deriva: ¡ofrecer a los hombres la Salvación, la Misericordia, Cristo mismo! ¡La actividad apostólica es la consecuencia de ser Apóstol!  El amor por la Eucaristía, unido al grandísimo y consiguiente respeto por el sacerdocio, hizo que San Francisco se decidiera a permanecer toda la vida como diácono, siervo, porque ésta era su vocación, lo cual para nosotros es motivo de profunda reflexión.
 
Leemos en la Regla no bulada:«Escuchad, hermanos míos. Si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su san­tísimo seno; si el bienaventurado Bautista tembló de alegría y no osó tocar la santa cabeza del Señor; si es venerado el se­pulcro en el cual El yació por algún tiempo; ¡cuán santo, justo y digno debe ser el que toma en sus manos, recibe en el corazón y en la boca, y ofrece a los otros para que lo coman, a Aquel que ya no muere, sino que es eternamente vencedor y glorificado, y al Cual los án­geles desean volver la mirada! Reparad en vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos porque El es santo. Y como el Señor Dios os ha honrado sobre todos los hombres al confiaros este ministerio, así vosotros amadlo, reverenciadlo y honradlo más que todos los otros hombres. Grande miseria sería, y miserable mezquindad si, teniéndole a El así presente, os preocupáseis de cualquier otra cosa que exista en todo el mundo». (220, 21-25). Esto nos dice San Francisco.
¿De cuántas cosas que no son El nos preocupamos todavía, como Sacerdotes y Seminaristas? ¡Cuán grande es aún la distancia entre lo que hemos recibido y lo que Le damos en retorno! ¿Podemos decir, con San Pablo: «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo?» (Gal 6,14).
¿Qué significa: «El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo», (Ibidem) si no la total alteridad entre el auténtico modo de pensar y de vivir del Apóstol, y la mentalidad del mundo?
Pero aunque el mundo en torno a nosotros esté lejos de este modo de entender las cosas, o sea, alejado de la verdad, nosotros podremos ser “sal de la tierra” y “luz”, ¡si nuestra vida ha sido toda “tomada por Cristo”!
¡Que este tiempo de la formación, único e irrepetible, no sea desperdiciado! ¡Que ni siquiera un día sea vivido mal ¡Es el tiempo de la familiaridad con Cristo, de la intimidad con El, del ingreso progresivo y eficaz en el misterio de la Iglesia!¡Es el tiempo del trabajo, a menudo fatigoso, sobre uno mismo, para que nada de nuestra humanidad pueda un día oscurecer la belleza y la fascinacion del Señor! ¡Es el tiempo de la penetración de la Verdad! No de las opiniones de un teólogo u otro, sino de la Verdad que Dios nos ha revelado sobre Sí mismo y que, en las diferentes épocas de la historia, permanece siempre inmutable, como Cristo, que es el mismo ayer, y hoy y siempre!
Con la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, vivid el Seminario como un Cenáculo, donde, unidos en oración, esperais el don del Espíritu para la misión.
San Francisco, a cuyo carisma debe mucho esta tierra regada por las fatigas apostólicas de santos misioneros, interceda por cada uno y obtenga del Espíritu, hoy, en el día de vuestra ordenacion y para toda la vida, aquel extraordinario fervor que ardió en su corazón y que, encendido en un solo hombre, podría abrasar de amor al mundo entero.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

La protección de la intimidad (c. 220 CIC) y el examen psicológico en la admisión a la formación sacerdotal

P. Marcelo Daniel Colombo
Seminario María Reina de los Apóstoles (Quilmes)
Publicado por BOLETIN OSAR Año 1- N°2



"La protección de la intimidad (c.220 CIC) y el examen psicológico en la admisión a la formación sacerdotal"1. El título señala la finalidad del estudio: el empleo de los aportes de la ciencia psicológica en la etapa de discernimiento vocacional inicial, en armonía con el respeto de la persona y el don de su interioridad.
Este momento de la decisión vocacional, uno de los más ricos y abiertos de la vida de una persona, hace necesario precisar el alcance de la fórmula de protección de la intimidad en el campo formativo, y destacar la positiva interacción de todos los protagonistas del discernimiento eclesial de una vocación, junto a un adecuado recurso a los aportes de la psicología como parte de la propuesta formativa de la institución eclesial.
Se trata de superar un esquema de falsa oposición entre el derecho de la comunidad eclesial a informarse sobre el candidato y el derecho de éste a proteger su intimidad, para garantizar transparencia moral y efectividad a este servicio eclesial a la persona y al Pueblo de Dios al que ésta desea consagrarse un día como ministro. Parece importante pues, que se asegure un marco canónico al uso de la ciencia psicológica en el campo formativo en general y al examen psicológico en la etapa de admisión. en particular: el consenso del candidato, el alcance del derecho de la Iglesia a afrontar una idónea selección y preparación de sus miembros, la delineación de las características del servicio diagnóstico del psicólogo, sus condiciones personales y técnicas, y su diálogo profesional con el candidato y con la institución eclesial, y algunos criterios de conservación y la comunicación de la información que se posee.
A nadie es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad2.
A pesar de la sobria brevedad del c. 220, su pequeña historia nos revela la conexión con la formación y la sensibilidad de la Iglesia hacia un tema tan caro al hombre moderno, en consonancia con el art. 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la O.N.U. (10.12.1948), y otros posteriores pronunciamientos internacionales. Se ratifica un cambio iniciado en la encíclica "Pacem in Terris" de Juan XXIII y la Constitución conciliar "Gaudium et Spes". Sin embargo, sería injusto desconocer toda la tradición eclesial en materia de protección de la intimidad. Sin tratarse de la formulación y alcance actuales, ni del moderno concepto de intimidad, pueden encontrarse a lo largo de las diversas etapas de la historia de la Iglesia medidas de tutela indirecta de la intimidad, es decir, normas eclesiales que buscaban garantizar esta protección, por ejemplo en el sacramento de la penitencia, en la institución de las manifestaciones de conciencia, en la dirección espiritual o en la correspondencia personal en la vida religiosa.
El c. 642, relativo a la admisión al noviciado, fue la puerta de acceso de la fórmula canónica de la protección de la intimidad, con ocasión de discutirse el Esquema de 1977 De Institutis Vitae Consecratae per professionem consiliorum evangelicorum. El abuso de los métodos psicológico-proyectivos con la violación en distintos modos de la intimidad de la persona sin su consenso libre e informado, o la derogación a posteriori del debido secreto profesional, habían provocado en la década del 70 fuertes reclamos eclesiales e internacionales. La fórmula de la protección de la intimidad del CIC es tributaria de ese contexto histórico en relación con la actuación de expertos psicólogos en la formación en la vida religiosa.
En 1981, el Prefecto de la Sagrada Congregación del Clero pidió que se extendiera esta garantía a los seminaristas, los sacerdotes y todos los fieles. El mismo año, una moción a la Sesión Plenaria en la etapa final de la elaboración del CIC la proponía en la admisión al seminario. No acogido por el conjunto de los Padres participantes, el derecho a proteger la intimidad fue una de las poquísimas inclusiones de la última revisión a cargo de un grupo de expertos, pasando del canon sobre la admisión al noviciado a una cláusula de valor general junto a los otros derechos de fiel cristiano.
La problemática del discernimiento vocacional y los exámenes psicológicos han sido abordados por el Magisterio en diversas expresiones y documentos que llegan hasta las más recientes reflexiones con ocasión del Sínodo de Obispos de 1990, la exhortación apostólica "Pastores Dabo Vobis", y las Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios. El CIC desarrolla las normas relativas a la admisión al Seminario, las cualidades psíquicas requeridas para la ordenación, y la actuación que se espera de la autoridad eclesial; concretamente del rector del Seminario y del Obispo.
En línea de continuidad con la voluntad eclesial de tutelar lo íntimo de la persona humana, el c.220 es el único en la exhortación apostólica "Pastores Dabo Vobis", referida precisamente a la formación del sacerdote en el mundo actual, reiterado en las Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios.

1. EL CANON 220. BREVE CONSIDERACIÓN DE LOS TÉRMINOS DE LA NORMA
Supera la finalidad del presente artículo considerar exegéticamente la norma del c. 220. Pero debe decirse que se trata de términos que indican con precisión el alcance de la protección que se procura, y consagran su infranqueabilidad. Así por ejemplo, mientras para la buena fama (derecho protegido en el mismo canon), se usa el verbo laedere, el infinitivo violare, específicamente en referencia a la intimidad, implica esta irrupción ilegitima en el interior de la persona. En el CIC, sólo en diez cánones se utiliza el verbo violar3. La índole de las realidades afectadas, el secreto en sus diferentes dimensiones, y los lugares sagrados por ejemplo, permite captar la estrecha analogía con la intimidad.
La expresión ad propriam intimitatem tuendam constituyen la parte nuclear sea por lo novedoso de la formulación, sea por lo sustancial del concepto acuñado. La voz intimitas es nueva en la terminología canónica, y usada en el c.220. Adquiere rango canónico cuando se aprueba la fórmula de la tutela de la intimidad en la admisión al noviciado. El verbo tueor (mirar, ver, proteger, mantener, velar por, defender, conservar) aparece raramente en el código y siempre para indicar la protección de bienes muy preciados para la Iglesia, tales como el bien común, la unidad universal de la Iglesia, la alianza conyugal, la justa autonomía de un instituto religioso o su patrimonio, el carácter sacro de cosas y lugares, y la ayuda económica a los padres en materia de educación de sus hijos4.
Las palabras usadas en el c.220 revelan la gran importancia con que considera la materia y el interés en darle una adecuada protección en el ámbito eclesial. La norma reconoce que toda persona tiene un derecho a proteger su propia intimidad, lo cual implica defenderla activamente de toda intromisión o invasión, y a comunicarse y comunicarla en los límites y con el alcance que ella misma desea.
El derecho a proteger la propia intimidad, en relación con el empleo de la psicología en la formación sacerdotal y religiosa implica que toda persona tiene derecho a informarse antes de dar su consenso libre para tal intervención diagnóstica, y a dar su consentimiento libre, a refutarlo si fuere inoportuno; a pautar explícitamente cada momento al alcance de la interacción terapéutica, y la comunicación posterior de la información obtenida.
Finalmente, la protección de la propia intimidad reconoce otros alcances concretos en el campo específicamente formativo al protegerse la libertad de elección de las personas a las cuales abrir el propio ánimo (sean éstos confesores o directores espirituales). Esto significa que el seminarista o religioso protegen su propia intimidad cuando escogen el director espiritual o confesor de confianza para abrir su conciencia5.

2. LA INTIMIDAD COMO BIEN JURÍDICO TUTELADO
Me gustaría evitar que quedara la impresión de la intimidad como una experiencia egoísta de incomunicabilidad, que en el caso de la formación obstaculiza la interacción educativa, sino como una vivencia que se enriquece y capta en totalidad al reconocer la existencia como un don para la comunión con Dios, y con el hermano.
El concepto de lo íntimo designa cotidianamente dos órdenes de realidades. Por una parte, un vinculo profundo que posibilita la comunicación, y excluye la superficialidad, la desconfianza, la vergüenza, o la artificialidad. Pero también indica un ámbito estrictamente personal, caracterizado por la restricción de su acceso, sede de los secretos y experiencias personales, que se incorporan a la vida y a la historia de la persona acompañándola para siempre, como parte de su vida misma. El sentimiento del pudor protege la comunicación de la propia intimidad frente a toda intromisión injusta o ilegitima desde el exterior y signa toda relación con la necesidad de respeto y tacto frente a los propios valores personales, los sentimientos, la concepción de la vida, las actitudes vitales frente a Dios, la culpabilidad y los sentimientos religiosos en general.
La jurisprudencia y la doctrina jurídica contemporáneas se refieren a la protección de la vida privada, y consideran que alcanza a la inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia así como el secreto obligatorio de quien por estado debe conservar lo confiado en función del servicio profesional. Hay excepciones legales y de bien común que autorizan la divulgación de hechos relativos a la vida privada para ciertas finalidades de carácter comunitario, salud pública y combate del fraude fiscal. Se llega a afirmar la existencia de un patrimonio "moral" que como el patrimonio material o económico debe ser protegido por lo confidencial. Así, los secretos de la persona constituyen su historia personal, los informes relativos a ascendientes y descendientes, los recuerdos de la vida privada que pertenecen al patrimonio moral del individuo, las opiniones políticas protegidas por el secreto del voto, la vida íntima, su estado de salud.

Notas:


1.- La tesis fue defendida en la Pontificia Studiorum Universitas A. S. Thoma Aq, in Urbe, Roma, el 26-4-1995.
2.- Nemini licet bonan faman, qua quis gaudet, illegitime laedere, nec ius cuiusque personae ad propriam intimitatem tuendam violare (Cf. CIC. c. 220 y CCEO, c.23)
3.- Cf. cc. 121; 1321 '2; 1322, 1323 '2; 1388 '1; 1388 '2; 1393; 1396; 1457 '1.
4.- Cf. cc. 252 '1, 287 '2, 364 '7, 386 '2, 392 '1, 445, 459 '1, 586 '2, 587 '1, 631 '1, 797, 1063 '4, 1220 '2, 1243, 1361 '3, y 1478 '2.
5.- Cf. cc. 239 '2, 240 '1, 246 '4 y 630



martes, 4 de septiembre de 2012

Homosexualidad y discernimiento vocacional

Por José san José Prisco


Con estas premisas nos encontramos ahora en disposición e abordar el tema desde el punto de vista del discernimiento de las vocaciones. Se trata de dar una respuesta lo más aquilatada posible a la pregunta: ¿Cómo influye la homosexualidad en la opción vocacional? ¿Puede un homosexual se sacerdote o religioso o contraer matrimonio?



a. Homosexualidad y sacerdocio
la condición masculina del sujeto ha sido considerada tanto por el Magisterio como por la legislación vigente como un requisito necesario para la validez de la ordenación (SCDF, Inter insigniores, 5.10.1976, Juan Pablo II, Ordinatio sacerdotalis, 22.5.1994; CIC 1024), entendida ésta desde la identidad –percepción y conciencia propia de ser hombre-, el ros sexual – conducta que muestra el individuo y lo identifica ante los otros como hombre-, y la orientación sexual -atracción erótica que siente el varón hacia las mujeres-.
Además el Magisterio establece que el futuro sacerdote debe tener un grado de madurez psíquica y sexual que le permita abrazar con libre decisión el celibato por el reino de los cielos (CIC 1029; PDV 50; CCDS, Carta circular sobre los escrutinios acerca de la idoneidad de los candidatos, 1998). Por esto mismo determina que aquellos candidatos que no den muestras de poder vivir adecuadamente el celibato o que padezcan desviaciones afectivas incompatibles con él, desórdenes de la orientación sexual, sean apartados del ministerio presbiteral, sin dejarse llevar en este punto por un equivocado sentido de tolerancia (Juan Pablo II, Discurso al segundo grupo e obispos de Brasil en visita “ad limina”, 5.10.2002). es mas, en una reciente consulta realizada a la Santa Sede se cuestiona la idoneidad de los candidatos al orden que manifiesten tener propensiones llamadas homosexuales (Carta de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 16.5.2002): La ordenación al diaconado o al presbiterado de hombres homosexuales es absolutamente desaconsejable e imprudente y, dese el punto de vista pastoral muy arriesgada […]. Una persona homosexual o con tendencia homosexual no es idónea para recibir el sacramento del orden sagrado.
Esto porque, considera la Iglesia, la homosexualidad impide a la persona llegar a su madurez sexual, tanto desde el punto de vista individual como interpersonal, por lo que es un problema que debe ser asumido por la persona y por los educadores cuando se presente el caso con toda objetividad. El educador deberá individuar los factores que impulsan al candidato hacia la homosexualidad, valorarlos a la luz del Magisterio y ofrecerle las ayudas necesarias, sugiriendo si fuera necesaria la asistencia médico-psicológica de un profesional competente y respetuoso con las enseñanzas de la Iglesia (CEC, Orientaciones educativas sobre el amor humano, 1.11.1983). desde aquí no se puede obviar que dentro e lo que se entiende comúnmente como homosexualidad existen diferentes grados que no pueden considerarse idénticos en el momento de emitir un juicio sobre la idoneidad, por lo que puede resultar útil presentar una breve tipología.
Tenemos por un lado modelos de comportamiento relacionado con la homosexualidad pero que no tienen necesariamente por qué ser reflejo de ella, como son el comportamiento de disconformidad con el papel de propio sexo –la persona orienta algunos interés y actividades hacia los propios del otro sexo-, o los denominados miedos homosexuales –sentimiento difuso sin sentir claramente atracción homosexual-,que no debemos suponer que signifiquen un trastorno del sentido de la identidad personal, sino que sin frutos, la mayor parte de las veces, de otros problemas internos que hay que abordar. Cuando puedan ser educados con medios ordinarios–incluida la consulta psicológica especializada- no representará un impedimento serio para la admisión al ministerio.
Por otro, encontramos personas fundamentalmente heterosexuales, pero que han tenido esporádicamente algún contacto homosexual a edad temprana, especialmente durante la adolescencia. Leídos en el contexto del descubrimiento de la sexualidad y de la búsqueda de modelos de identificación propios de esta etapa, si se han reducido a este momento no podrán considerarse estrictamente como signo de homosexualidad y no parece que exista demasiado problema en lo que respecta a la admisión al orden sagrado.
Cuando se trata de personas que, percibiéndose heterosexuales, tienen reacciones psíquicas homosexuales frecuentes, propiciando relaciones intensas e inmaduras con personas del mismo sexo–amistades exclusivas-, si no tienen expresión física y están focalizadas en una persona o un pequeño grupo al que el candidato se siente unido emocionalmente, podría tener solución con la debida asistencia medico-psicológica de una persona atenta y respetuosa a las enseñanzas de la Iglesia. Si se comprueba al final que el candidato tiene el suficiente autocontrol, humildad y tenacidad y que sus ideales son suficientemente sólidos podría ser admitido.
En el caso de personas que han tenido frecuentes relaciones físicas homosexuales, tanto si perciben preferentemente heterosexuales, como bisexuales, predominante o exclusivamente homosexuales, dados que sus comportamientos se sitúan dentro del marco de las conductas no aceptadas por la Iglesia como expresión de la sexualidad humana, no pueden ser considerados idóneos para el ministerio. La contraindicación para el ministerio en estos casos debe considerarse como absoluta.
Un estudio parte merecen los trastornos de la identidad sexual que se producen cuando el individuo se identifica de un modo tan intenso y persistente con el otro sexo que desea ser o insiste en que es del otro sexo, provocando un malestar profundo, un deterioro social, laboral y de otras áreas importantes de la actividad del individuo, un aislamiento social, baja autoestima y predisposición a sufrir depresión, a presentar ideación suicida, o a tener síntomas de ansiedad. Ente estos trastornos está el travestismo, que consiste en vestirse con ropas del otro sexo con la finalidad de buscar la excitación sexual. Junto a él está la transexualidad o disforia de género, que afecta a las personas que no aceptan su sexo biológico, teniendo el fuerte convencimiento de haber nacido con el sexo equivocado. En ambos casos el tratamiento no siempre es posible, por lo que existiría una contraindicación absoluta para recibir las órdenes, especialmente cuando se trata de transexualismo, pues quienes lo padecen no encuentran alivio a un malestar si no es a través de una resignación de sexo.
b. Homosexualidad y vida consagrada
el voto de castidad por el reino de Dios es una respuesta libre y gozosa del amor preferente, total a la llamada de Dios que invita al consagrado a participar de la plenitud de su vida, a entrar en su intimidad, sublimando así todo amor humano, comprometiendo a quien lo realiza libremente a practicar la continencia perfecta, que implica la renuncia a todo acto sexual y a toda satisfacción sexual impura y la canalización de toda la energía de la sexualidad hacia la construcción del Reino (PC 12; VC 88; CIC 599). Así entendida, la castidad favorece al desarrollo de la personalidad del consagrado, facilita la intercomunicación en la comunidad, solidifica las relaciones fraternas, mejora las relaciones de amistad y se convierte en signo de fecundidad, siendo una ayuda inestimable para la caridad.
Un compromiso de esta envergadura precisa de una madurez y un equilibrio psicológico y sexual muy especiales que permitan al consagrado abrazar con libre decisión el celibato por el reino de los cielos. Vale aquí lo expuesto en el apartado anterior con referencia a la madurez exigible para los candidadtos al ministerio sagrado. Una instrucción a los superiores de los institutos religiosos de vida consagra (la selección y la formación de los candidatos a los etados de perfección y a las sagradas órdenes) afirmaba en 1961 que se debía impedir el paso a los votos a todos aquellos que estuvieran afectados por tendencia homosexuales o pederestia. La razón que se deducía era la evidente dificultad cuando no imposibilidad práctica, para vivir la castidad como nota característica y esencial de la vida consagrada. Por tanto, la Iglesia pide que se excluya de la vida religiosa a aquellas y aquellos candidatos que no logren dominar sus tendencias homosexuales o que pretendan adoptar una tercera vía vivida como un estado ambiguo entre el celibato y el matrimonio (CIVC-SVA, Orientación sobre la formación en los institutos religiosos, 2.2.1990).
No faltan quienes han señalado que la condición homosexual, en sí misma, no debería convertirse en impedimento para una opción por la vida consagrada asumida por motivos religiosos. La cuestión a plantear sería la de la capacidad que se pueda apreciar en los candidatos para vivir coherentemente una vida celibataria. Sabemos que la vía para canalizar la sexualidad es la sublimación: eliminar la tendencia erótica en relación con el otro para dirigir toda la carga pulsional hacia las relaciones con los demás desde la cordialidad y el efecto, creando vínculos de cercanía y colaboración para la consecución del ideal común.
La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ella y se hace desagraciado (CIgC 2339). Y esto es una obra que dura toda la vida: la castidad nunca se adquiere de una vez para siempre, sino que supone un esfuerzo mantenido en todas las edades de la vida (CIgC 2342) y tiene unas leyes propias de crecimiento, el cual pasa también por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado (CIgC 2343). La tarea del discernimiento se centrará más en comprobar si el candidato ha logrado asumir su propia orientación sexual y dominar-sublimar esas tendencias, que en cuál sea el singo de esa orientación. Sin embargo, es cierto que en el estado de vida consagrada concurren unas especiales circunstancias que fácilmente pueden animar a personas con orientación homosexual a elegir esa opción vocacional: por un lado se trata de una vida en convivencia con personas del mismo sexo; por otro lado, el proyecto de vida consagrada puede ocultar la incapacidad personal para emprender un proyecto de familia. Estas variables que configuran las circunstancias en las que se va a desarrollar la vida del religioso o religiosa añaden un grado de conflictividad que probablemente sea mayor entre los sujetos homosexuales que entre los heterosexuales. De ahí que el análisis previo a la incorporación dentro de la vida consagrada debe ser más cuidadoso y atentos en estos casos, exigiendo siempre las garantías de equilibrio y madurez que pide la Iglesia.
c. Homosexualidad y matrimonio
Para comprender la influencia de la homosexualidad en el matrimonio es necesario recordar dos principios esenciales que nos vienen dados por el derecho natural: que la alianza matrimonial es un consorcio para toda la vida realizado entre un varón y una mujer, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole (CIC 1055 § 1); y que la causa del matrimonio es el consentimiento de las partes legítimamente manifestado y que ningún poder humano puede suplir, entendido éste como un acto de la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable (CIC 1057).
Es evidente que en el caso de las personas homosexuales existe una incapacidad real para el ejercicio recto de la sexualidad que se concreta en la complementariedad afectiva y la procreación, provocando una auténtica impotencia coeundipsíquica (CIC 1084 § 1). La dialéctica abierta entre la masculinidad y la feminidad, necesaria para que exista una verdadera comunión e vida conyugal, no se da cuando uno de los miembros de la pareja es homosexual.
Cuando la condición homosexual va acompañada de una alteración general de la personalidad, puede darse además un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar (CIC 1095 §2), es decir, existirá en la persona una desviación de la inteligencia y de la voluntad que le impedirá cnsebir rectamente la vida conyugal heterosexual y por tanto que la incapacitará para deliberar sobre ellos y hacer una opción auténticamente libre.
Se podría acusar también la nulidad del matrimonio por la incapacidad del homosexual para cumplir las exigencias de la fidelidad conyugal, si es tal la intensidad de la desviación que el homosexual no puede evitar las relaciones con las personas del mismo sexo (CIC 1095 § 3). Incluso podría ser nulo el matrimonio por error (CIC 1097-1098) o por condición puesta por la otra parte (CIC 1102 §2), aunque estas hipótesis son poco probables en la práctica debido a que es difícil que una parte sospeche la homosexualidad de la otra, o que sabiéndolo continué la relación con él. Todos estos argumentos podrán ser reclamados también cuando se trate de casos bisexualidad fuertemente arraigada o de transexualismo.
En cuanto a la posibilidad de las uniones entre homosexuales, recuerda insistentemente el Magisterio que el matrimonio o es una unión cualquiera entre personas humanas, sino algo distinto: se trata de una comunión de personas en el amor que implica el ejercicio de la facultad sexual, por lo que no habría fundamento alguno para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las relaciones homosexuales y heterosexuales. Los actos homosexuales cierran el acto sexual al don de la vida, no proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual y por ellos no pueden recibir aprobación en ningún caso. Las razones fuertemente aducidas del respeto y la no discriminación, o de las autonomía personales no justifican atribuir el estatus jurídico y social del matrimonio a formas que no lo son ni pueden serlo por la naturaleza misma de las cosas (CDF, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, 3.6.2003)


lunes, 3 de septiembre de 2012

La formación como transformación.

Autor Instituto Sacerdos






Supongamos que nuestro seminarista ha hecho su opción fundamental, y que, movido sobre todo por su amor a Cristo —aunque sea un amor que aún deba madurar— quiere sinceramente formarse. No basta. Debemos preguntarnos si nuestro sistema formativo le está ayudando realmente a configurar su propia personalidad como futuro sacerdote, hasta el punto de que lo que aprende, experimenta, y practica llegue a ser vida de su vida. De otro modo, su paso por el seminario le tocaría sólo por fuera, como toca el agua las piedras de un arroyo.

Cuando Dios llama a un hombre al sacerdocio no pretende únicamente que adquiera unos conocimientos, llene un "currículum" y "ejerza" luego la función sacerdotal. Ha pensado en él para que sea sacerdote, es decir, para que su mismo ser se identifique con la persona de Cristo sacerdote, de modo que llegue a poder afirmar como Pablo: «Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). No quiere de él un funcionario del culto, sino un apóstol que transmita lo que lleva dentro y viva ya él en primera persona.

Por otra parte, sólo la real configuración sacerdotal del propio ser puede dar al sacerdote la satisfacción profunda de vivir aquello que profesa. De otro modo sentirá el sacerdocio como un caparazón postizo, que no le configura por dentro: el sacramento se encarnará en una personalidad no dispuesta armónicamente para él. No podrá por tanto sentirse humanamente realizado. Una formación así, que no llega a cambiar el modo de ser y de vivir, dará muy pocas garantías de perseverancia y frutos sacerdotales.

Formación es, pues, transformación. En realidad, como sucede con algunos otros, se trata de un principio que vale para la formación en general. Porque, en efecto, "formar" no es simplemente "informar", dar unas cuantas nociones. Es más bien ayudar a que la persona adquiera una "forma". Cuando, al partir, la forma que se intenta lograr no se posee ya, entonces la persona se tendrá que "trans-formar".

La formación sacerdotal debe lograr, pues, la efectiva transformación de los seminaristas. Ante todo, transformación en Cristo sacerdote: que Cristo tome forma en ellos (cf. Ga 4,19). Transformación de toda la personalidad del candidato: su modo de pensar, sentir, amar, reaccionar, actuar, relacionarse con los demás... Todo debe quedar configurado según el alto ideal del sacerdocio católico. Los formadores deben estar atentos, para ver si los seminaristas van asimilando, haciendo suyo y viviendo desde dentro todo lo que se les propone en el período de formación.

Para lograr una verdadera formación convendrá tener presente el proceso dinámico de la transformación personal. Si se trata de que el seminarista llegue a hacer vida propia los contenidos de la formación, habrá que hacer que los valore primero de tal modo que se conviertan en motivos de su acción; pero como se trata de un ser inteligente y libre, no se conseguirá nada si primero no se le ayuda a conocer y entender esos mismos contenidos.

Por tanto, lo primero será ayudarle a conocer. El hombre se guía por las ideas. Los sentimientos desaparecen con la misma rapidez con que aparecieron. Las presiones externas influyen sólo mientras están presentes. Es de primera importancia plantear la formación como una iluminación de la inteligencia del formando. Hay que ayudarle a profundizar en el conocimiento de Cristo, la Iglesia, el sacerdocio, el sentido su propia vocación... Hay que explicarle el porqué de las cosas: de una norma, de una práctica religiosa, de un estilo de vida. Nunca hay que dar por supuesto que los seminaristas entienden ya el sentido de lo que se les propone en su formación. Mucho menos hay que imponérselo, sin responder a sus preguntas y aclarar sus dudas. Que entiendan, por ejemplo, el porqué del celibato en la Iglesia católica, conozcan bien las tendencias naturales de todo ser humano, y comprendan consiguientemente el sentido de ciertas normas, prácticas o disposiciones que buscan ayudarles a formarse para la donación total de su corazón célibe a Cristo por el Reino de los cielos. Conviene abundar en la presentación de las nociones e ideas que iluminan la vida y la formación sacerdotal en pláticas, reuniones de grupo, homilías, clases, diálogos personales, etc. Conviene insistir cuanto haga falta, para que los seminaristas lleguen a comprender de tal modo esas ideas que se conviertan en su manera misma de ver y entender.

Sólo así podrán ellos valorar lo que se les propone. El hombre actúa siempre en favor de algún valor, haga lo que haga..., aun cuando parezca que no es así. Puede darse el caso, por ejemplo, de un alumno que aún no ha captado el valor de sus estudios sacerdotales. Pero estudia de todos modos. Sería inexacto pensar que lo hace sin motivo. Actúa bajo la atracción de algún valor (que sea correcto o no es otra cuestión). Podría ser el sentido del deber, el miedo a no pasar los exámenes, el deseo de quedar bien ante sus formadores, el amor a Dios... Por eso al formador no ha de bastarle ver lo que los alumnos hacen. Debe ir más allá para descubrir qué motivos los mueven. Sólo entonces estará en una postura tal que pueda ayudarlos a ir descubriendo los verdaderos valores que han de ser cimiento de su formación.

No hay valoración sin la intelección del valor ínsito en una realidad. Pero, por otra parte, no basta entender que algo vale; se requiere una apreciación del valor como "valor para mí". Por tanto, la labor del formador consiste también en ayudar a descubrir el valor de las cosas para cada uno, ayudar a valorar. Valorar, para seguir con el mismo ejemplo, la donación total del propio corazón a Jesucristo y la dedicación de toda la vida al servicio de los hermanos en la vivencia del celibato; y valorar consiguientemente todos los elementos que contribuyen a formar y proteger el corazón consagrado a Cristo. En este esfuerzo, el medio más eficaz a disposición del formador es sin duda el propio testimonio. Entendemos una verdad cuando nuestra mente la capta como tal; apreciamos un valor cuando comprendemos que vale, y muchas veces comprendemos que vale para nosotros al ver que otros lo valoran y lo viven.

Una vez que el seminarista ha entendido y valorado algo, es preciso ayudarle para que lo pueda vivir. De nuevo, aunque sea el presupuesto fundamental, no basta que la persona haya entendido y valorado. Cuando una persona tiene un temperamento no-activo o cuando la vivencia del valor comporta sacrificios y dificultades, puede correrse el riesgo de que todo quede en la teoría y el valor pierda su fuerza de atracción. En ese caso, no se habría logrado la verdadera transformación. Hay que invitar a la actuación de lo que se ha entendido y valorado; hay que facilitar y guiar esa vivencia, hay que encauzarla y, en ocasiones, exigirla. Que el seminarista -siguiendo nuestro ejemplo- actúe de verdad conforme a las normas y disposiciones que habrán de ayudarle a formar su corazón célibe; que ponga de hecho en práctica los medios que le ayudarán a preservarlo.

La vivencia de algo que se ha entendido y valorado de verdad es, de por sí, estable. Pero sabemos que el hombre tiende a ser, por naturaleza, inconstante. Se requiere un apoyo permanente para perseverar en la práctica de los valores interiorizados. También ayudas externas, claro, pero sobre todo apoyos que nazcan desde dentro. Y en este sentido, se hace imprescindible la formación de hábitos de vida. La repetición constante de una acción lleva a la formación de esa "segunda naturaleza" que hace más fácil los actos subsiguientes y favorece la estabilidad. ¡Qué importante es que los seminaristas salgan del centro de formación pertrechados de una buena estructura de hábitos conformes a su vocación sacerdotal: el hábito de la oración profunda y personal, el hábito del aprovechamiento eficaz del tiempo, el hábito del estudio, el hábito de la guarda del corazón y de los sentidos...! Qué importante, sobre todo, que salgan convencidos de la necesidad de conservar y cultivar estos hábitos, ayudándose también de medios externos como puede ser la dirección espiritual, la confesión frecuente, el seguimiento de un horario en la propia vida, etc.

Parece interesante anotar, por último, que todos estos elementos del dinamismo de transformación se entrecruzan e influyen mutuamente. Cuando una persona valora profundamente una realidad la entiende más lúcida y profundamente; cuando la practica se refuerza el aprecio de su valor y se comprende mejor. Y al contrario, al dejar de vivir una realidad, se debilita fácilmente la estima que se nutría por ella y se puede dejar incluso de entender lo que antes se veía claramente. Habrá que trabajar entonces por reforzar siempre todos los elementos de ese dinamismo.
Los diálogos con el director espiritual, los exámenes de conciencia, los retiros y ejercicios espirituales, los programas de formación personal, etc., deben tener siempre bien claro ese objetivo: la transformación vital. Sin transformación no hay formación.




 
Publicado por Catholic.net


sábado, 1 de septiembre de 2012

El seminarista que venció a David Beckham

Chase había soñado con ser futbolista profesional, pero desde hacía tiempo sentía que Dios también tenía un sueño para él. Nació en Bloomington, Indiana, y desde los cinco años Chase Hilgenbrinck dio pruebas de poseer una particular facilidad para patear el balón. En sí mismo no es tan difícil, pero hay que reconocer que algunos lo hacen muy bien. ¿Nombres? Ronaldinho, Fernando Torres, David Beckham, etc.

En la secundaria y en la preparatoria, Chase seguía mostrando sus talentos y así, cuando llegó a Clemson University, inmediatamente pasó a formar parte del equipo colegial. Muy buen defensa y lateral.

Terminó la universidad en 2004 y firmó un contrato como jugador profesional en un equipo de Chile, el Deportivo Ñublense (sí, con “eñe”). No es un equipo de fama mundial, pero por algo se empieza.

Un equipo modesto y, sin embargo, ese período fuera de Estados Unidos fue crucial para Chase: «Al estar sólo en otro país, con una cultura y lengua nuevas, pude mirar mucho a mi propia alma». A través de la oración y de la frecuente recepción de los sacramentos fortaleció su relación personal con Cristo.

Chase había soñado con ser futbolista profesional, pero desde hacía tiempo sentía que Dios también tenía un sueño para él. Estando sólo en Chile, comenzó a oír aquella voz más claramente, y los temores y barreras que le separaban del sacerdocio comenzaron a ceder.

Firmó un contrato con los Colorado Rapids, un equipo de primera división en Estados Unidos; pero más tarde fue despedido por los problemas económicos del equipo. Coincidencia: el día en que fue despedido, recibió una carta de Mons. Daniel R. Jenky, obispo de Peoria, Illinois: lo habían aceptado para participar en el curso introductorio del seminario.

En realidad, Chase estando todavía en Chile, se había puesto en contacto vía e-mail con el P. Brian Brownsey, promotor vocacional de la diócesis. Le pidió orientación y ayuda en su proceso de discernimiento. Además, desde diciembre de 2007, había hecho varias visitas al seminario y había podido convivir con los seminaristas.

No obstante lo anterior, su representante deportivo consiguió un nuevo contrato, esta vez con el equipo Revolution de Nueva Inglaterra. Esta nueva oportunidad parecía alejarle de su meta, pero el contrato curiosamente incluía una cláusula: sí Chase lo deseaba, podía rescindirlo el 1º de julio, precisamente unas semanas antes de que comenzara el curso introductorio. Para él fue una nueva señal.

Cuando Chase se retiró, el 14 de julio, el Revolution se encontraba en primer lugar. Es más, unos días antes había derrotado a los Los Angeles Galaxy, el equipo del famoso jugador inglés David Beckham.

«Jugar fútbol profesional había sido mi pasión por mucho tiempo y es para mí una bendición haber podido vivir ese sueño. Mi pasión ahora es hacer la voluntad de Dios (…) Aunque tendré que dejar el fútbol, sé que lo estoy cambiando por algo mucho mejor».

Se dice que, de entre todas las cosas sin importancia que hay en esta vida, el fútbol es la más importante. Quién sabe. Ciertamente, de las cosas importantes, la más importante es hacer la voluntad de Dios.

Bendiciones y perseverancia, Chase.
Publicado por Buenas-oticias.org